NORBERTO ALCOVER
"No es verdad. El viaje no se acaba nunca. Solo los viajeros acaban. E incluso éstos pueden prolongarse en recuerdos, en relatos… Hay que volver a los pasos ya dados, para repetirlos y para trazar caminos nuevos a su lado. Hay que comenzar de nuevo el viaje. Siempre. El viajero vuelve al camino" (José Saramago).
Cuando estas líneas vean su luz estival, estaré llegando de nuevo a Valldemossa. Mejor y en pos de Saramago habrá comenzado "el recaminar a Valldemossa" como ritual sagrado de cada año, suceda lo que suceda, sean las tentaciones alternativas que se presenten las que sean. Mi viaje vital, el que arranca en la niñez, comenzó en este pueblo de la Tramontana mallorquina, y "recaminar" el camino tantas veces recaminado es una urgencia entre afectiva y moral para reconstruirse al cabo de las peripecias anuales. Siempre, en palabras del Nobel portugués, el viajero vuelve al camino. Al camino que lleva a Valldemossa.
Puede que el lector se pregunte qué hago yo, un tipo acostumbrado a la turbación madrileña, y al vaivén casi permanente por ahí, acostumbrado a camas distintas y ambientes tan variados, qué hago en un pueblo pequeño y todavía recoleto, sobre todo en la nocturnidad, como Valldemossa. Pues aunque el lector quede sorprendido, la verdad es que me ejercito en lo que más me cuesta después de tanto galope cotidiano: intento hacer nada, tarea compleja, desafiante, en ocasiones capaz de provocarme una enorme fatiga. Pero soy de los que pienso (y siento) que si no se corta radicalmente unos días de ese trabajo cotidiano que nos ensimisma hasta la deshumanización, somos incapaces de cobrarle objetiva distancia para recuperarlo de nuevo con algunas dosis de auténtica creatividad. Es "en la nada" donde la imaginación se crece y más tarde convierte cada instante en plan y en objetivo.
Pienso también que estamos perdiendo el sentido de "las vacaciones" porque lo hemos sustituido por las ofertas publicitarias que amodorran pensamientos y sentimientos. Así el descanso y la nada acaban en un tremendo trabajo que después narramos a los demás pero sin haberlo gozado nosotros mismos de verdad. Pues estupendo. Llevo un tiempo en que apenas discuto las opciones ajenas. Me fatiga y me harta.
En mi caso y recaminando a Valldemossa, recupero sabores gastronómicos en Can Pedro, en Can Marió, en el Horno de Cartuja, en Can Molinas, y últimamente en Cappuccino, un paso a la modernidad que no debería perder de vista sus precios, detalle relevante. Muchas tardes me acerco a la Parroquia de San Bartolomé para celebrar la Eucaristía, y los domingos por la mañana lo hago en Cartuja, ese ámbito enorme donde los veraneantes, en mi niñez, acudían para cumplir con el precepto dominical y escuchar al Rector desde el púlpito de verdad, todo nosotros abajo. Visito a los amigos y amigas, me encuentro con ellos y ellas en cualquier momento por las callejuelas del pueblo, paso ratos con el amable e inteligentísimo Burwitz, un hombre nunca ponderado de forma suficientemente por nuestros lares y que en alguna ocasión espero que exponga en Madrid. Me siento con la prensa del día en El Romaní y me tomo una Voll-Damm o, placer de dioses, un palo con seltz. Leo, y este año tocará Mann, y puede que algo de Delibes, el mejor tanto tiempo. Sentado en el jardincito de mi casa, rezaré mientras contemplo las montañas. Y por supuesto me preguntaré por mi propia vida, toda vez que he alcanzado el momento de una jubilación siempre segura pero casi nunca presentida como inmediata. Y en fin, visitaré la tumba de mi padre en el cementerio del pueblo, y la de tantos hombres y mujeres que forman parte de ese "recaminar a Valldemossa". En definitiva, nada que nos sea ruptura con lo habitual, reconfortante para el espíritu y para el cuerpo. En todo momento, sin horarios. A mi aire. Libre.
"Hay que volver a los pasos dados", dice Saramago. Tiene razón. Poner los pies donde antaño los pusimos por vez primera, para vencer el olvido y la desmemoria. Y reencontrarnos con eso que llamamos "las raíces". Y por esta razón, bajaré a Montesión para estar con mis compañeros de vocación, abrazarles y colocarme ante la efigie de San Alonso, mientras releo la frase que dominó mi adolescencia: "Ya voy, Señor". Porque a estas alturas de la vida, solamente deseo esto mismo: caminar a donde mi Señor me lleve, siempre entre los hombres y las mujeres de mi tiempo, aunque sea caminando nuevos caminos, entregado a los desconocido. Y por ello mismo, Valldemossa permanecerá como Ítaca vital, donde el silencio nocturno me invade y experimento la divina plenura de la nada.