JOSÉ FCO. CONRADO DE VILLALONGA
Los mallorquines nos vemos obligados a utilizar el avión para viajar al continente, lo hacemos regularmente, lo mismo que los de fuera cuando quieren venir al archipiélago, esto que parece una obviedad y no lo es, tiene sus inconvenientes y también sus ventajas. Soportamos continuamente las incomodidades del aeropuerto, masificación, controles de seguridad, retrasos y de alguna forma lo acabamos asumiendo. Sin embargo, sufrimos otras contrariedades difíciles de entender, huelgas de pilotos y de controladores que por su sinrazón e impedirnos viajar causan fuerte indignación a la ciudadanía.
Estos días vivimos un nuevo desafío de unos señores que tienen la llave de nuestra libre circulación, en esta ocasión la causa es una "enfermedad", en concreto, "una epidemia de estrés", que de repente ha afectado a un porcentaje muy elevado de estos empleados del sector público. Para valorar el origen del estrés que sufren y comprenderlos mejor deberíamos analizar varios aspectos de su perfil profesional: estudios académicos, su jornada de trabajo, –al parecer trabajan 1.200 horas al año, que equivale a trabajar cuatro horas cada día laborable–, día de asueto, sistema de acceso al puesto de trabajo, informática de la que disponen para desarrollar su cometido, confortabilidad del espacio en el que desarrollan su función y finalmente su salario. Retribución que, según datos publicados, está fijada en una horquilla de entre 350.000 y 700.000 euros anuales (alguna información habla de hasta 1.000.000 de euros). Si usted está de buen humor y está dispuesto a perderlo, divida horas de trabajo por sueldo y verá a cuánto pagamos la hora a estos privilegiados trabajadores públicos.
Hablando claro: esto tiene la apariencia de una huelga enmascarada de enfermedad, –por lo tanto ilegal–, con consecuencias graves; secuestro de ciudadanos, pérdida de productividad, –en un país en el que la competitividad está por los suelos–, perjuicios a las compañías aéreas, e impacto negativo en la industria turística en momentos difíciles. Presión y más presión, en un momento muy inoportuno, principio de las vacaciones y de temporada turística, ¡qué bien! Esto es, definitivamente coacción, coerción inoportuna e inapelable.
Conozco a alguna persona que sufre estrés por falta de estrés, es decir por trabajar menos de lo que desearía y podría. También sabemos de las largas jornadas de trabajo –de 8, 10 ó 12 horas– de muchas personas que se consideran afortunadas por tener una ocupación y estar pagados modestamente –los "mileuristas"– y además gozan de buena salud. Por contra, estos señores que controlan nuestros desplazamientos, no se sienten bien pagado, Si no están cómodos, que renuncien al puesto, otros harán cola para entrar a sustituirlos. Si quieren mejorar su situación laboral, pueden explicarlo manifestándose como hacen tantos trabajadores, –con sus pancartas y todo–, explicando sus condiciones laborales y lo que quieren de más. Me imagino que, si lo hiciesen, se expondrían a que alguien les corriese a gorrazos…
El ministro Blanco ha mandado el asunto al Fiscal General, y supongo que la fiscalía investigará a los "enfermos" y a los médicos que justifican la enfermedad. Ronald Reagan, que fue presidente de EEUU desde 1981 hasta 1989, tuvo un problema parecido con los controladores y resolvió el conflicto, rápidamente, despidiendo "de una tacada" a 25.000 de ellos. Sería bueno que se hiciese una ley de huelga que impidiese determinados comportamientos. Pero mientras esto se regula, mientras el ejercicio de la autoridad se ejerza con debilidad, nos preguntamos como hizo Marco Tulio Cicerón, en el Senado Romano, reunido en el Templo de Júpiter Capitolino en el año 63 a. de C. Cicerón, el gran retórico, estilista, pretor y cónsul, estaba hasta… "las narices"… del incordio de Catilina, –personaje ambicioso, abusón, intrigante y presionador– y decidió hacerle una pregunta que quedó para la posteridad en las famosas "catilinarias". Cicerón le espeto: Quousque tándem, abutere Catilina patientia nostra? ("¿Hasta cuándo abusarás Catilina de nuestra paciencia?"). Esta misma pregunta está "en el aire" y en la mente de todas las personas que deambulan por los aeropuertos.