CAMILO JOSÉ CELA CONDE
Siendo así que de la ignorancia a la demagogia va un paso, me dispongo a darlo. Leo en la prensa que la banca española ha pasado con nota su examen de selectividad, el chequeo a que ha sido sometida por las autoridades económicas para determinar su grado de solvencia. Entre cajas y bancos disponen de un colchón –que así se llama el mecanismo capaz de garantizar el descanso de cuerpos, bolsillos y almas– de 20.000 millones de euros acumulados en previsión de que la crisis cause aún más desánimos. Eso está pero que muy bien porque, ¿quién no querría que los aparatos financieros gozasen de amplia cobertura y capacidad de maniobra? Pero, ¡ay!, la economía es un juego de suma cero: lo que uno gana, lo pierde el de enfrente. Así que la pregunta que cabe hacerse apunta a la procedencia de ese colchón benéfico. Los responsables de las instituciones bancarias dirán que viene de su mucha virtud a la hora del ahorro pero la explicación no basta. Todo el que esté atento a los avatares monetarios recordará que, en plena tormenta de histerias, la banca europea solicitó y obtuvo muy jugosas financiaciones encaminadas a aliviar sus males. Y ¿de dónde salieron esos dineros? Pues está bien claro: de las arcas públicas, que es lo mismo que decir que del bolsillo de los ciudadanos.
¿Tenemos nosotros, los paganos por activa y por pasiva de la crisis, un colchón equivalente en el que reposar nuestras cabezas y nuestras ideas? No sé de ningún cálculo que se haya hecho al respecto pero, con la ignorancia por medio, ya digo, me permito dudar de ello. Más bien parece lo contrario: que entre subidas de impuestos, bajada de salarios, pérdida de prestaciones sociales y mucho, pero que mucho paro, la ciudadanía duerme en jergones propios de una orden mendicante. Ni 20.000 millones, ni 10.000, ni nada; en realidad, con tanta hipoteca y préstamo por medio, da la impresión de que las cifras son negativas y que la deuda que arrastran los ciudadanos cuenta también con bastantes ceros a la derecha. Respecto del primer guarismo, un uno, un dos, o el que sea, ponga usted el que le parezca mejor.
Mirando las cosas así, la alegría ante la noticia del colchón no es tanta. Los cálculos, sobre impertinentes, serían muy difíciles, pero cabe hacer a ojo de buen cubero una estimación: qué muelle, qué fibra, qué lana de la que forma el colchón sale de lo que yo debo y de los intereses que, a tal respecto, pago. Qué otra parte procede de mis impuestos que, lejos de ser aliviados, crecen. Como solución final del ejercicio surge no ya una almohada para el descanso nocturno sino la imagen misma de la pesadilla peor. La economía es un juego de suma cero, decía antes. Pues bien, ¿y si en vez de tanto colchón a beneficio de ejecutivos, presidentes y accionistas de la banca tuviesen éstos un saco de yute más incómodo? ¿Estaría mejor nuestra la situación de cada ciudadano en particular? No lo sé: la ignorancia manda. Y a mí me lleva a la demagogia aunque, a veces, se disfrace ésta de sentido común.