EDUARDO JORDÀ
Me hace gracia el término "muerte digna", que se suele usar con cierta ligereza en estos tiempos. Una ley reciente, aprobada por el Parlamento de Andalucía, se llama "Ley de derechos y garantías de la dignidad de la persona en el proceso de la muerte". Ya sé que esta ley es necesaria, porque garantiza que no se haga sufrir de forma irracional a los enfermos terminales, pero me pregunto si no habría otra forma de llamarla. Si nos fijamos bien, ese enunciado parece una cláusula de Derecho Mercantil. Y los legisladores parecen referirse a la muerte como si se tratara de una actividad que pudiera acogerse a "los derechos contractuales derivados del contrato de fideicomiso", por decirlo con la amena prosa del Derecho Fiduciario. Y la muerte no es una sociedad limitada –como la consulta de un podólogo o un taller de reparación de coches– a la que se le puedan exigir ciertas obligaciones, como el pago de tributos o el cumplimiento de la normativa de seguridad en el trabajo.
Pues no, lo siento, las cosas no son así, aunque los políticos se empeñen en presentarnos la vida –desde el nacimiento hasta la muerte– como si fuera un inagotable catálogo de oportunidades que ellos despachan en una especie de gigantesco centro comercial, en el que a veces nos ofrecen una maravillosa bonificación por nacimiento (como los 1.500 euros del "cheque bebé"), o nos otorgan unas inmejorables condiciones de pago en el caso ineludible de la muerte (como ocurre con esa ley de la muerte digna). Y repito que las cosas no son así, por muy bien que esté la ley, insisto.
Vamos a ver, ¿hay alguna muerte que pueda ser digna? ¿Y no es la muerte la mayor indignidad posible, la más ultrajante, la más devastadora? Ya sé que hay formas y formas de morir, y algunas de ellas son incluso admirables y lo dejan a uno pasmado por lo que significan y por la grandeza que suponen. Pienso, por ejemplo, en la muerte de Stefan Zweig, que se suicidó con su segunda mujer, Lotte, en Petrópolis, Brasil, en febrero de 1942. Zweig era un judío liberal y humanista, y por tanto era un europeo por encima de todo. Sabía que la II Guerra Mundial había destruido su mundo para siempre y un día decidió que no iba a seguir viviendo en un mundo que ya no era el suyo. En un admirable ejemplo de fidelidad, su mujer quiso morir con él. Hay una foto mortuoria de la pareja, que debió de salir del atestado policial, en la que se ve a Zweig con la corbata puesta –hay gente que sabe morir con la corbata puesta–, y a su lado, en la cama, sobre la almohada que los dos han preparado con cuidado (eso es evidente), está Lotte, con la barbilla apoyada en el hombro de él.
No conozco una grandeza comparable a la que se ve en esa pareja de suicidas. En la mesilla de noche hay una botella de cerveza, un flexo, un vaso semivacío y un frasco de medicamentos. Y ellos dos, los esposos Zweig, ya muertos, parecen tranquilos, confiando el uno en el otro, sabiendo que han hecho lo que debían y que han muerto como habían elegido morir. Parecen esas estatuas de alabastro que se ven en algunas catedrales y que representan a dos esposos muertos que se dan la mano para siempre. Hay quien sostiene que Zweig se suicidó porque no pudo soportar la caída de Singapur, que auguraba la derrota de los aliados en la II Guerra Mundial. Pero yo tengo otra idea. Zweig se suicidó porque adivinó lo que estaba pasando en Europa, donde ya habían empezado a funcionar los hornos crematorios en Auschwitz y en Treblinka y en docenas de sitios más. Nadie lo sabía aún, las noticias no habían trascendido, pero él lo intuyó de alguna forma, él lo supo, y por eso decidió correr la misma suerte que miles y miles de judíos que no habían podido salvarse como él se había salvado en el Brasil. Y por eso se acostó en la cama al lado de su mujer, y se repasó el nudo de la corbata –porque también sabía que iban a hacerle una foto después de muerto–, y luego colocó el almohadón a la altura que le gustaba, como cuando leía un libro echado en la cama, y después le dio un beso a su mujer y quizá le dijo adiós, o quizá no le dijo nada porque no había nada que decir, y luego vació el vaso que quedó en la mesilla de noche, y notó que su mujer apoyaba la mejilla en su hombro y él apretó su mano y quizá intentó decirle algo, pero ya no pudo porque se le estaban cerrando los ojos.
Y a pesar de todo esto, ¿fue digna la muerte de Zweig? ¿O no fue también una muerte horrible e innecesaria, como todas las muertes? Me gustaría saberlo.