J. VIDAL VALICOURT
La primera relación que tuve con la obra de Delibes fue estrictamente escolar. Ya se sabe, los caminos y las ratas de Delibes, ese duro y áspero mundo rural de una Castilla que a mí siempre me ha fascinado. Pero también aquel monólogo hipnótico que desgrana la viuda de Mario, desarrollado en una habitación en penumbra. Luego, dejé de leer a Delibes para recuperarlo años más tarde. Todavía recuerdo la emoción que sentí al leer El hereje. Lo leí con exaltación, absolutamente implicado en mi condición de hereje en la distancia. El escritor vallisoletano, y los de su temple, es un ejemplo de máxima sencillez. Una sencillez que emociona. Sobre todo cuando uno se topa a menudo con egos inflamados, impostados, que a la mínima ocasión que se presenta despliegan ufanosos su abanico de pavo real. Uno siempre ha preferido el laconismo a la verborrea, el retraimiento al asedio y a la omnipresencia. Siempre he pensado que hay simpatías muy antipáticas. Delibes que, a pesar de todo, era quien era, supo manejar los tiempos y las distancias con esa sobriedad y esa entereza que también favorece el paisaje castellano. Aun así, cuidado con las simplificaciones: Castilla es ancha y variada, así que no la reduzcamos a simple monotonía, incluso tristeza. Nada que ver. Cuando uno ha leído de todo y se ha complicado la existencia con lecturas alambicadas y, en muchos casos, vacuas, resulta un alivio regresar a la fuente limpia que nos proporcionan los de la estirpe de Delibes. Es como si nos pusieran en nuestro sitio, como si con su lectura volviéramos al abc del asunto. Uno se da cuenta que gracias a escritores y personas como Delibes, el exceso de ambición conduce inexorablemente a la infelicidad. Es la ley del trabajo silencioso y bien hecho, la demora necesaria para masticar el alimento. Sin duda, siempre asociaré a Delibes a mi etapa de estudiante. Sus libros siempre estaban presentes en el listado que el profesor nos dictaba como lecturas del año. Las había de carácter obligatorio, pero también opcionales. Él sabía que las opcionales serían las preferidas por quienes ya estábamos infectados por el virus incurable de la lectura. Desde estas líneas, tengo que agradecer al profesor Jaume Llabrés sus consejos en materia literaria y, por supuesto, en otras como su pasión cinéfila. Él colaboró a extender el virus comentado. Sin duda, aquel mundo que nos presentaba Delibes se encontraba lejos de nosotros. Quizá, por ello, la fascinación era mayor. Más o menos acolchados habitantes de una isla próspera y falaz, aquel ambiente desgarrado poblado por seres llamados Tiñoso, Moñigo y Ratero y perros sarnosos y rostros labrados por el sol alto y el viento tajante, no dejaba de ser toda una afrenta y una provocación a nuestro estado del bienestar.
Y para acabar, me gusta recordar esa definición que el propio Delibes se aplicó a sí mismo: "soy un cazador que escribe". Sobran las palabras. Sin duda, todo menos afectación, nada de retórica de hombre de letras, amuermado por la endogamia de la academia. Un escritor aireado, eso era Delibes. Y gracias a ese aire que tomaba, su inteligencia se mostraba clara y sin contemplaciones. Cuando uno se lía con lecturas a menudo inextricables, volver a tratar con personas de la estirpe de Delibes supone un baño de humildad –de humildad de la buena, no de la falsa– y un nuevo trato con una de las palabras más desprestigiadas y sobadas: verdad. Por supuesto, escrita en minúscula.