FRANCESC JOAN BERNABEU (*)
Resulta evidente que, echando una mirada panorámica a nuestra sociedad, Dios ha pasado a ser una cuestión olvidada, superada, algo innecesario para nuestra existencia, alguien que ha muerto; pues las aportaciones y la capacidad humanas de nuestro tiempo suplen la necesidad de alzar la mirada a un Dios para que solucione los problemas personales y colectivos propios de la existencia humana. De esta postura, de este posicionamiento entre el hombre y Dios, en la cual este último ha dejado de definir nuestra vida, se deriva una concepción de la existencia y de todas sus dimensiones empobrecida, carente de belleza y sentido: Dios ha desaparecido y, por esa desaparición, el hombre queda desprovisto de toda referencia superior a él, la cual cuide de su destino y de su vida con amor infinito. Sin nuestro creador, que nos revele el propósito de nuestra vida, el hombre aparece como arrojado en el mundo sin saber el porqué ni el para qué. De esta manera, la humanidad se presenta huérfana y abandonada a su suerte, la dignidad y el valor propio de cada persona se cuestionan y varían según los intereses e intenciones de cada momento concreto y, por último, nos enfrentamos a esa barrera que aparece como infranqueable, la muerte. Con la "desaparición" de Dios y con la crisis de fe que va estrechamente relacionada, el hombre se revela como una pregunta sin respuesta, una vida errante.
Si afirmamos esta introducción como un estado del hombre definitivo, el panorama que se presenta es desolador. Pero la buena noticia es que no es así: aunque para el hombre Dios haya desaparecido, Dios sigue vivo y fiel a su creación y, en especial, a la humanidad. Observando las sagradas escrituras vemos como, desde los mismos inicios del hombre, se hace presente, establece relaciones con él y, en especial, se revela como un Dios misericordioso que busca constantemente la amistad con su pueblo. Un Dios misericordioso… Hoy en día, tal vez, esta palabra un tanto olvidada, aparece en nuestro vocabulario con un significado vacío y ambiguo; entonces, es necesario volver a preguntarnos qué es la misericordia: es un sentimiento interior de compasión y piedad ante las desgracias ajenas que mueve a socorrer a quienes las padecen; es el amor que se encuentra con la miseria del otro. Bien, esta misericordia divina de la que hablamos llegó a su máxima expresión cuando Dios mismo, buscando la reconciliación con la humanidad, se hizo presente entre nosotros por Jesucristo. Dios envía a su hijo para hablarnos por él, para anunciarnos la noticia de que él no es ajeno a nosotros. Cristo se presenta, de entre otros muchos aspectos, como un sacerdote que se pone entre el padre y la humanidad, para interceder por ella y conducirla hacia Dios como el buen pastor. Ahora bien, sabemos por las escrituras que Cristo, después de su resurrección, subió al cielo; pero no nos dejó solos. Procuró hombres que, como él y por su amorosa ayuda, siguen, desde los inicios de la Iglesia, intercediendo por la humanidad ante Dios y "pastoreándola"; es decir, llevándola –como un pastor lleva a su rebaño– a verdes y vivos prados, a Dios. Estos hombres son los sacerdotes: personas que han respondido sí a la vocación que Dios les ha ofrecido. Ellos tienen la tarea esencial de ser hombres de Dios al servicio de la humanidad, siendo imágenes vivas del amor del Padre expresado sin límites en Jesucristo. San Juan María Vianney, el santo Cura de Ars, al cual recordamos en la Iglesia católica en este año que dedicamos al sacerdocio, expresó, de la siguiente manera, la fuente y esencia del ministerio sacerdotal: "El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús".
Bien, hemos hablado de la urgente necesidad de Dios y de su misericordia, la cual ha expresado en infinita abundancia por Jesús. También de la necesidad del sacerdote, que nos trae la misericordia de Dios a través de su ministerio y, como pastor, nos conduce hacia el padre. Pero el sacerdocio, algo tan necesario, no sería posible sin el seminario. Este es el lugar encargado para la preparación del candidato a este ministerio, pues se ocupa de aportar a los futuros sacerdotes toda la formación necesaria, que va desde la intelectual hasta la espiritual, pasando por la pastoral y humana, para consolidar así su vocación. Con motivo del día de san José, desde el seminario de Mallorca os invitamos a valorarlo y conocerlo junto a su Iglesia; pero, sobretodo, a desear conocer y valorar a nuestro Dios, rico en misericordia y esperanza última de la humanidad.
(*) Seminarista mayor