ANTONIO PAPELL
En otro tiempo, resultaba tedioso pero necesario combatir los argumentos habituales del castrismo. Porque es un viejo e inaceptable sofisma que la igualdad requiera cercenar la libertad y porque tras la caída del muro de Berlín, en 1989, hace por tanto más de veinte años, la dictadura cubana es un trágico y macabro anacronismo. Que ni se mitiga ni encuentra justificación por el hecho de que los Estados Unidos hayan errado sistemáticamente su política con respecto a la isla. Poco a poco, aquel tedio se ha convertido para muchos espectadores que hemos asistido con interés al desarrollo del problema en infinito cansancio. Fidel Castro, enfermo, gobierna desde la sombra; su hermano Raúl, también anciano, ni siquiera ostenta ya algún residuo de aquel dudoso glamour revolucionario del genuino líder. El castrismo no tiene discurso, y produce tristeza y perplejidad el espectáculo de una gerontocracia apuntalada por intereses de casta que no encuentra asidero, que prevé en su fuero interno el desastre inminente de una ficción que ya no se sostiene y que recurre al melodrama y a la crueldad para demorar lo que ya es inexorable.
Lo más relevante en esta hora, tras la muerte estruendosa del disidente Orlando Zapata, es que ya no se atreven a sostener dialécticamente al castrismo ni siquiera quienes lo habían reducido a un símbolo, después de reconocer el desastre de su materialidad. Aquella intelligentzia progresista, española y europea, que se resistía a reconocer la evidencia, a imponer sobre el asunto la más elemental racionalidad democrática, ha dado la espalda a la familia Castro, al apparatchik que mantiene a la sociedad cubana sometida, al sistema represivo que con gran eficacia evita los contagios impertinentes de los brotes de ira y de indignación que, pese a la censura, estallan de tanto en cuanto en los intersticios de la sufrida colectividad cubana.
Cuba está además anclada en su propia inanidad. Es cierto que otros países, como China, adolecen también de llamativa falta de libertades, pero esas sociedades emergentes están en plena búsqueda de nuevos equilibrios, que inexorablemente engendrarán trasvases culturales con Occidente y, a la postre, las llevarán a un desarrollo político basado en la racionalidad democrática. Pero en Cuba todo está inmóvil: los despojos de la putrefacta "revolución" ya no sirven ni para disimular el hambre, la ineficiencia, la postración de un pueblo que se ha acostumbrado a la miseria física y moral.
Parece evidente que Europa, que por fuerza ha de ser el gran referente político y cultural de Cuba, ya no puede justificarse a sí misma la pasividad en este asunto. La injerencia humanitaria, prudente y respetuosa, resulta un imperativo ético. Y no es preciso alambicar demasiado la fórmula: habría que decir a los hermanos Castro que ya no hay otro modo de salir del ostracismo, de la singularidad, de la carencia de casi todo, que marcar una fecha para unas elecciones generales libres. Porque ya no hay palabras abstractas que puedan camuflar la horrenda injusticia a la que está sometida la sociedad cubana. Y porque si se da alas a la desesperación, todo podía acabar trágicamente, en un gran baño de sangre.
En esta cuestión, la vieja Europa debería tomar la iniciativa, que encontraría con seguridad el respaldo de Obama, quien difícilmente podrá sacudirse de un plumazo toda una política errónea de cincuenta años aunque sí será capaz de secundar un impulso razonable hacia un desenlace pacífico de la actual sinrazón cubana.