DANIEL CAPÓ
Hay una ciencia de la destrucción que ignoro, pero que existe. De ello habla la nobel Wislawa Szymborska en su libro Lecturas no obligatorias, que acaba de editar Alfabia. "Nadie sabe –escribe Szymborska– cómo las ciudades de la antigüedad fueron reducidas a escombros. Evidentemente, los muros no se hacen trizas de un simple soplido. Hacen falta más cosas: se requiere un cierto esfuerzo físico, una técnica y unas herramientas. Es necesario un cierto tiempo durante el cual uno puede reflexionar sobre si destruir algo o desistir de ello. Y, finalmente, se necesita un determinado número de individuos bien organizados a los que incitar u obligar a hacerlo." Este era un asunto que también preocupaba a Adolf Hitler o así, al menos, lo cuenta su arquitecto, Albert Speer. En sus memorias narra la obsesión legislativa del Führer, que buscaba garantizar la belleza de las ruinas del Reich una vez pasados mil años. Hitler luchaba contra el olvido –que es la destrucción de la memoria–, al tiempo que borraba cualquier recuerdo del pueblo judío. Ambos –la memoria y el olvido– se encuentran intrínsecamente relacionados, de modo que el pasado nunca deja de estar presente, incluso en aquello que ha desaparecido. San Agustín lloró la caída de Roma, pero el cristianismo preservó algo de ese resplandor, al igual que la sombra evoca la luz. La paradoja del nazismo es que de su maldad nada ha permanecido –salvo el horror–, mientras que el judaísmo sigue siendo el testigo de una reflexión ética que cambió el curso de Occidente.
Pero regresemos a Szymborska y a sus ciudades, porque su pregunta gira también sobre la civilización. ¿Qué persiste de una cultura sin el recuerdo y la memoria de la ciudad? Pensemos en Cartago: "Fue destruida con tanto esmero –reflexiona la escritora polaca– que nada se dejó para la devastadora acción del tiempo y la naturaleza." En efecto, se trata de un caso extremo; sin tiempo ni naturaleza no hay cultura, como tampoco hay civilización sin el cultivo del pasado. Así sucede cuando desaparece de nuestras vidas la vertebración moral de las novelas. Tolstoy y Balzac, por ejemplo. Así también en la entrevista del pasado domingo con José Carlos Llop, en la que se citaba a los hermanos Villalonga como testigos de Palma. Dicho de otro modo, la literatura de ambos funda la Palma de nuestros días. Y uno piensa entonces en los baluartes de civilidad, que son los únicos dignos de ser preservados.
¿Quedará algún día Europa reducida a escombros? La respuesta la encontramos en las ciudades y en sus novelas –en esa respiración moral de la que hablaba antes. Leo, de este modo, En la ciudad sumergida, de J.C. Llop, y regreso a los límites imprecisos de la memoria donde se juega la temida ciencia de la destrucción. Hay lugares que se salvaron gracias a unos pocos justos. Otros se salvarán por un puñado de libros. Pienso que es el caso de Palma: los hermanos Villalonga –Mort de Dama y Miss Giacomini–, por ejemplo. Pero, sobre todo, ahora sé que leeremos Palma con los ojos de José Carlos Llop y su En la ciudad sumergida; sin duda, el más hermoso libro que jamás se ha escrito sobre nuestra ciudad.