MANUEL MOLINA DOMÍNGUEZ (*)
Discutir sobre el concepto de arte y sobre qué manifestaciones pueden incluirse en el mismo, suele ser algo tan estéril como un páramo sembrado de sal. Existen opiniones de todo tipo, y todas igual de respetables. Hay quien incluso considera obras de arte –y como tales las exhiben y contemplan– a los animales semiputrefactos sumergidos en formol de Damien Hirst, o los cadáveres (auténticos) de fetos humanos plastificados de Von Hagens. Yo sigo prefiriendo –por ejemplo– a Sorolla o a Anglada Camarasa (uno, qué le vamos a hacer, es así de tradicional). Pero, hasta ahí, se trataría simplemente de una cuestión de gustos. Se comprende, por ello, que haya quien se emocione ante la estética visual y auditiva (pasodobles incluidos, algunos de ellos de calidad indudable) de las corridas de toros. Hasta yo –lo reconozco– considero interesante su plasticidad, tradición y simbolismo.
Pero lo que periódicamente se viene discutiendo –y hoy con especial intensidad– no es si la conocida como "fiesta nacional" es una manifestación artística o no. Lo que se está valorando es la continuidad de su celebración por lo que tiene de cruento maltrato a los toros (vertebrados superiores con un sistema nervioso y –por tanto– sensibilidad muy parecidos a los nuestros) para mera diversión humana.
Y tampoco se trata de que nos hallemos inmersos en una febril tendencia prohibicionista. Ni de que "quien no quiera acudir a la plaza que no lo haga, pero que permita a los demás hacerlo". Recordemos que en un Estado de Derecho, entendiendo por tal el que ofrece garantías legales a sus ciudadanos, éstos pueden –democráticamente a través del poder legislativo– limitar aquellas actividades que se consideren socialmente inaceptables. Y es lógico que esas limitaciones se vayan incorporando al ordenamiento legal, en una evolución paralela a la sensibilidad y la ética de esa sociedad.
Por eso, el ejemplo que actualmente se está produciendo en el Parlamento catalán (a raíz de una iniciativa popular) es algo tan positivo. Porque en su ámbito se ha permitido un debate abierto entre partidarios y detractores de la ´fiesta´; y posteriormente se votará si se establece, o no, dicha prohibición. Independientemente de cual sea la motivación ideológica de algunos de sus promotores. Una iniciativa que personalmente confío en que se extienda más pronto que tarde a todo el territorio nacional. Porque, sea cual sea el resultado del actual debate legal, ya es sólo cuestión de tiempo que se ponga fin a dicha manifestación de maltrato extremo a los animales. Del mismo modo que hace tiempo que están prohibidas las peleas de perros o de gallos (aunque haya todavía quien disfrute contemplando cómo dos animales se despedazan entre sí) o los "épicos" combates de boxeo sin guantes (aunque también haya quien se divierta con los que celebran clandestinamente ¡siempre desde la seguridad de la grada, claro, no se vaya a escapar algún golpe!).
Tampoco parece un argumento justificado a favor de las corridas, el aludir al pátè de foie o a la terrible vida de los pollos en las granjas industriales. Y no sólo porque constituya un claro ejemplo de falacia tu quoque, sino porque normalmente quienes estamos en contra de las corridas de toros (independientemente de cuestiones políticas o ideológicas) también lo estamos de hipertrofiar los hígados de las ocas (embutiéndoles alimento con un tubo por el esófago) para regalo de paladares sibaritas; de que se experimente con la epidermis de un animal para obtener una más resplandeciente base de maquillaje; o de hacer correr un toro por las calles mientras se le lanzan dardos o piedras; igual que lo estábamos de la –ya prohibida desde hace años en Gran Bretaña– caza del zorro, despedazado por una jauría de perros mientras sus orgullosos amos contemplaban el espectáculo desde briosos corceles (prohibición, por cierto, ratificada en enero de este año por el Tribunal de Estrasburgo).
En definitiva, y dejando de lado confusiones –intencionadas o no– sobre "arte" o "afanes prohibicionistas", en mi opinión se trata tan sólo de intentar dejarles a nuestros hijos un mundo algo más civilizado y paulatinamente menos cruel, primero hacia nuestros semejantes, pero también con los animales y resto de seres vivos con los que compartimos el planeta.