JOSÉ CARLOS LLOP
Cuando los cardenales del último cónclave celebrado en el Vaticano eligieron al teólogo Joseph Ratzinger como papa, hundieron el plan de vida de una pequeña familia alemana. Concretamente, de dos hermanos que llevaban tiempo organizando ese plan cara a un futuro que ya estaba a la vuelta de la esquina. Años atrás yo había visto alguna fotografía de esos hermanos: el pelo muy blanco, no muy altos, algo robustos, y con una sonrisa parecida a la de dos sabios gnomos del bosque. Alemania y bosque –como Alemania y Rhin– son a menudo sinónimos. Aquellos dos hermanos eran solteros –célibes– y habían dedicado sus días, de formas distintas, a la iglesia católica. Eran Georg y Joseph Ratzinger. Ambos habían planificado vivir juntos los últimos años de su vida y pasarlos apartados del mundo, entre la oración, la música –música y Alemania también son sinónimos a menudo– y la teología: Palestrina, Bach, Tallis, Urs von Balthasar, Henri de Lubac... La verdad es que no era mal plan, pero aquellos cardenales –con la ayuda del Espíritu Santo, según aprendimos de niños– lo fastidiaron por completo. Aunque saliera ganando la Iglesia –es decir, todos– en un momento especialmente difícil: para ella y para el mundo. Que dos hermanos deseen y decidan libremente vivir en la misma casa, habla tan bien de ellos como de sus padres y éste es el caso, sospecho, de la familia Ratzinger. Pero en 2005 –con 82 y 78 años– tuvieron que abandonar sus planes: el mayor manifestó en público su pena por eso y el pequeño se convirtió en Benedicto XVI. La iglesia católica ganó un gran papa en uno de los mejores intelectuales europeos del siglo XX y Georg Ratzinger siguió interpretando a Bach al órgano, sabiendo que moriría solo, sin la compañía de su hermano Joseph. Como, por otro lado, suele ocurrir en la vida.
Georg Ratzinger continuó viviendo en Ratisbona, donde había dirigido el coro de voces blancas de su catedral y donde, en alguna ocasión, había repartido alguna que otra bofetada, usando métodos tan arcaicos y primarios como eficaces a la hora de mantener el orden. Esta semana ha saltado la noticia de que en ese coro –y en otros centros religiosos alemanes– se habían producido distintos abusos de naturaleza sexual. Y aprovechando que las aguas bajaban turbias se ha resaltado en titulares el apellido Ratzinger, cuando nada tenía que ver Georg Ratzinger con los abusos de índole perversa que se están destapando ahora en la iglesia alemana. ¿Estaba implicado el hermano del Papa en eso? En absoluto, pero si no se lee detenidamente la información, su nombre queda empañado. ¿De verdad es equiparable una bofetada –por mucho que disguste ese tipo de castigo– con prácticas humanamente reprobables, moralmente censurables y penalmente punibles? No pero Georg Ratzinger, ay, es el hermano del Papa y no sólo había que repartir carnaza, sino apuntar a quien más está haciendo dentro de la Iglesia contra ciertos vicios humanos, entre ellos la pederastia y la soberbia. En fin, lo que en lenguaje artillero se llama tirar por elevación.
No soy un experto vaticanista –algo así como un kremlinólogo romano– pero no es necesario ser conocedor de los laberintos eclesiales –o disponer de información privilegiada (que tantas veces significa interesada)– para darse cuenta de que el descubrimiento de viejos escándalos en Irlanda, Holanda o Alemania coincide con el papado de Benedicto XVI. No es necesario ser un experto vaticanista para saber que Benedicto XVI es un papa convencido de que es mejor atajar ciertos males que también anidan en el seno de la Iglesia –como en otros sectores de la sociedad– que silenciarlos, como ocurría en el anterior papado. Donde con la mejor voluntad se abrió la puerta a corrientes que han resultado fatales. Ahora involucran a su hermano en asuntos turbios en los que nada ha tenido que ver –basta, repito, con leer bien la noticia– y la sucia maniobra es doble. ¿A quién favorece mezclar un par de bofetones dados por Georg Ratzinger hace años, con la perversión humana? A Benedicto XVI, desde luego, no. Sí en cambio a los que querrían que fuera un papa más dócil y silencioso. Y que creen que extender la sospecha –esa mancha que confunde a íntegros y disolutos– les protege.
Regreso al bosque, a la música, al Rhin. Es decir, a Alemania. No sabemos si ambos hermanos habrán hablado estos días por teléfono, pero no sería nada raro que lo hubieran hecho. Entre el asombro y la resignación. Quizá haya habido lugar para el enfado contra el mundo. O se hayan permitido algún rasgo de humor en su conversación. Cuando la complicidad es fraternal resulta impagable y además nos defiende del mal, propio y ajeno. Como impagable es una vida de amistad entre hermanos, tan fácil y a la vez tan difícil. Quizá hayan recordado su antiguo plan, desbancado en aquel cónclave. Nada de esto habría ocurrido de haber podido cumplir ambos con ese plan. Pero la Iglesia –es decir, todos– habría perdido la oportunidad de uno de los Papas más profundos que ha dado en toda su historia. Y esa profundidad –de pensamiento y acción– es lo que no querían quienes intentan ahora, inútilmente, mancharle.