PEDRO VILLALAR
El arzobispo de Viena ha puesto el dedo en la llaga: parece evidente que la gran profusión de abusos sexuales cometidos por clérigos contra menores guarda relación con el celibato obligatorio, impuesto en la Iglesia católica hace 1.700 años, en un concilio del 309. No parece creíble que entre los religiosos haya un porcentaje mayor de pederastas que en cualquier otra actividad humana, por lo que tiene sentido la teoría de que es esta represión sistemática de la sexualidad la que suscita desviaciones patológicas en ambientes propicios (internados, seminarios, etc.).
Es evidente que las confesiones religiosas administran como quieren sus reglas internas. Sin embargo, el celibato, que lanza además un mensaje erróneo sobre el papel "contaminante" de la mujer (todavía en el 309 la iglesia católica no tenía el convencimiento de que las mujeres tuvieran alma), puede ser un factor criminógeno que quizá no tenga sentido mantener. De momento, es elocuente que haya voces potentes en Roma que adviertan de semejante sinsentido.