J. VIDAL VALICOURT
Hay distintas maneras de defender la continuidad de los toros. La débil consiste en afirmar lo siguiente: "nadie obliga a nadie a asistir a una corrida". Cuestión de libertad. De este modo se desactiva con relativa facilidad el afán intervencionista y prohibicionista de los animalistas y antitaurinos. En definitiva, que detesten la fiesta taurina no es motivo suficiente como para que aprueben una ley que los prohíba. Por otro lado, la manera fuerte de defender la tauromaquia es calificarla de arte. Y, además, un arte muy especial, pues ahí entra en juego la muerte. Para muchos este argumento es, precisamente, lo terrorífico del asunto. Sin embargo, en un mundo cada vez más desleído, la tremenda fuerza de un espectáculo de este calibre, en el que el torero se juega literalmente la vida, supone sin duda una afrenta, un exceso. Espido Freire ya puede lloriquear y segregar sin ruborizarse tonterías como que los toros le recuerdan a esos niños que acorralan a otro niño para darle una paliza mientras están grabando la tunda con sus móviles, el físico Wagensberg ya puede hacer el numerito desplegando banderillas y estoques, Terricabras ya puede recordar a un pobre y encantador abuelo suyo, gran aficionado a los toros, y tratarlo por ello de ser un poco retrasado, ya puede el lógico y absurdo Mosterín comparar la tauromaquia con la ablación del clítoris. Un arte en el que se da cita la muerte, bien del toro, bien del torero, es un arte extremo y, por tanto, para muchos es difícil de digerir. Eso lo admito. Hay que aceptar, con más razón, el desafío que ello supone: el de tomar partido por este arte excesivo. Nadie cree, en su sano juicio, que Aute, Serrat y demás artistas sean unos cafres por ser aficionados a los toros. La sensibilidad no es patrimonio de los taurófobos, que van de hipersensibles por la vida.
Más que arte, el toreo es una metáfora de la vida, un resumen plástico y al límite de la existencia humana. Quien pasa por alto esto y compara la tauromaquia con una vulgar carnicería es un reduccionista, un inculto en este campo. Su incultura viene dada por la banalización que hace del toreo. No se pueden despachar de este modo ciertas formas de cultura. Como en toda expresión artística, hay obras fallidas, lo mismo ocurre con las faenas, que las hay brillantes y de alto nivel poético, así como malas de solemnidad, con facturas feístas, lamentables, fracasadas. Así pues, uno apuesta fuerte y prefiere hablar o escribir sobre tauromaquia, no en plan defensivo, diciendo que al fin y al cabo se trata de la libertad de cada cual de asistir o no a la plaza, que nadie está evidentemente obligado a presenciar una corrida. En lugar de esquivar los golpes que vienen del sector animalista, del tendido antitaurino, los aficionados y amantes de los toros deberían ofrecer algo más, por lo menos unos argumentos más festivos y más celebrativos, menos acomplejados. Eso sí, siempre quedará a mano acudir al argumento más débil, aunque muy razonable y que sirve al caso: la libertad de elección. Porque, sin duda, detrás de esta manía prohibicionista hay algo más. No es el amor desmedido por el toro de lidia, sino el afán de unos políticos por intervenir en la vida de cada cual, negándoles el placer y la pasión de asistir a una corrida de toros. No hay nada peor que un político pedagogo, sobre todo si ha demostrado su ignorancia en ambos campos. Esto es más grave de lo que parece. Los toros, está visto, no son un símbolo exclusivo de españolidad, como algunos pretender hacernos creer. En Cataluña hay infinidad de taurinos y en Madrid hay muchísimos antitaurinos. Lo digo para evitar simplismos, confusiones y tonterías.