NORBERTO ALCOVER
De vez en cuando, la lectura de textos ajenos proporciona sabias intuiciones para la propia vida, hasta el punto de que te obliga a modificar algunas de tus percepciones dominantes. Como si tu paradigma aparentemente estructurado ya para siempre sufriera el bombazo demoledor de una contundente novedad innovadora. Tal me ha sucedido al leer y releer un artículo publicado en el diario El País, el sábado 6 de este mismo marzo, titulado Vejez, exilio y obra tardía, firmado por el excéntrico Juan Goytisolo. Y que en un momento dado, dice así: "Lo que interesa a Said (puesto que escribe sobre él) no es la serenidad satisfecha que corona de ordinario la labor creadora de los artistas que alcanzan la vejez, sino la inquietud perturbadora de un puñado de ellos que les empuja al autoexilio y aislamiento, a la ya efímera libertad descondicionada de quien no tiene ya nada que ganar ni perder". Y algo más adelante ratifica lo anterior con estas excelentes palabras: "Ser tardío, nos dice Said, es rechazar las ventajas que ofrece la cómoda pertenencia a una sociedad, una de las cuales, no la menos importante, es no ser leído ni entendido fácilmente por un grupo mayoritario de personas". Y confirma lo escrito con ejemplos varios.
Las sociedades contemporáneas, tan postmodernas, instantáneas, coyunturalista y por lo tanto tan efímera, además de someterse a la "industria de la cultura" en las grandes superficies, por ejemplo, amenaza la tipología del "hombre/mujer tardío" en el sentido saidiano de la palabra: porque le exigen éxitos editoriales de todo tipo, incluido el convulso terreno del arte, del cine, y hasta de la música. Vale lo que resulta exitoso y aceptado por mayoritarias capas de la población, de tal manera que la llamada cultura creativa pueda meterse en una cesta de la compra como coles de bruselas, melocotones murcianos y cervezas alemanas. Tal y como dice Said, está desapareciendo el tipo de persona que opta por el aislamiento y el autoexilio para adquirir una libertad incondicionada a fin de transmitir lo que realmente desea comunicar y probablemente será desperdiciado por la mayoría de los consumidores. Es el pánico al silencio ajeno. Es la aceptación de esa tremenda crítica que es el menosprecio de tu propia obra porque excede la trama esperada del mercado cultural. Y así nos va.
He pensado muy despacio sobre todo lo anterior y me digo a mí mismo si no será que nos estamos convirtiendo (quienes formamos el grupo extraño de pensadores y algún que otro intelectual de raza entreverado) en hombres orquesta, incapaces de regar fuera del tiesto para que los demás caigan en la cuenta de que regar en cuanto tal acto es positivo en sí mismo, más allá de que se trate de éste o del otro tiesto. Porque los tiestos van y vienen según la moda, pero el hecho de regarlos aparece como el único acto permanente del caso. Lo concreto nos lleva a disminuir el peso de lo universal, olvidadas las cosmovisiones, las ideas abstractas y los horizontes generales en que inscribir nuestra propia vida. El valor de la judicatura se reduce a Garzón. La corrección política fallece en Correa. El amor a lo bello se encierra en ARCO. Mozart le pide permiso a Ana Belén. Y el último teologuillo rompedor aniquila a un Rhaner, por ejemplo, entre otras razones porque exime de la obligación de pensar, para la que no tenemos tiempo, ni ganas, ni hábito. Hombres orquesta, perdidos entre los demás, y sometidos a algún director que nos domine hasta conseguir ese texto musical homogéneo, perfecto y un tanto aburrido porque la viola, es un decir, carece de personalidad propia.
En ocasiones, ante este panorama, uno acaba escuchando a los músicos en los pasillos del Metro, y los panfletillos universitarios de mediana calidad pero virtuosos en su libertad incondicionada. Lo demás es todo tan suave, tan almibarado, tan prefijado incluso en su perfección que, sin poder evitarlo, hasta Saramago produce cansancio y retorna a texto de Aranguren, de Tierno, de Marín Santos, de Mann, de Scott Fitgerald y, sobre todo, de Adorno. Porque no hay que olvidar que un Tarantino también está perfectamente asimilado por la industria cinematográfica cultural y en cambio un Haneke, con la tremenda Cinta blanca, permanece al margen a pesar de los pesares. Lo bello resulta tan asimilado como lo repugnante en muchas ocasiones. Menudo panorama.
A uno, ya cercanos los setenta, puede que le quede como única tabla de salvación el recurso al aislamiento y al autoexilio para adquirir una libertad incondicionada. Escribir desde la ardiente oscuridad y saber que muchos nunca te leerán porque no entras en el juego establecido. Y admitir en un diario a personas así, no solamente la mía, será un gesto de soberana independencia, más allá de las audiencias y en beneficio de la libertad de expresión y del pensamiento en estado puto. Gozar de tal posibilidad no deja de ser un regalo de la vida.