JORGE MARTÍ
Que muchas personas opinen lo mismo no implica que tengan razón. A poco que uno atesore algo de experiencia en torno a la condición humana se hace patente que el flujo de las modas, el miedo a ser diferentes, el "no sé muy bien por qué hago lo que hago, pero todos lo hacen" tienen más peso en las opiniones de la mayoría que no las conclusiones obtenidas tras un razonamiento previo. Ello nos hace menos racionales como especie, pero no menos humanos: tal vez las pulsiones irracionales son las que mejor definan lo que somos. La mayoría de cosas las hacemos sin haber meditado antes si nos conviene hacerlas y, a menudo, incluso sabiendo que nos perjudican. Eso lo saben muy los publicistas y los programadores televisivos: lejos de apelar a la racionalidad de los televidentes, las audiencias se ganan conociendo bien los arrebatos irracionales que llevan nuestros mandos a distancia, casi sin que nos demos cuenta, hacia los programas y las cadenas más chabacanas.
Que sólo unos pocos opinen algo, no lo hace más verdadero. El prestigio de los perdedores y de las minorías está lejos de ser una ley física. Que Avatar no se haya llevado los Oscar que todos esperaban, no la hace mejor ni peor película (de haber obtenido más estatuillas nos podríamos plantear por qué no se las llevaron en su momento Mickey Mouse o el pato Donald; que sólo se llevara tres no hace de En tierra hostil una gran película). Su relativo fracaso sólo mermará un poco sus beneficios, de sobras cosechados con anterioridad, tras meses de fiebre tridimensional en las pocas salas de cine que aún se llenan.
El éxito no depende tanto de la eficacia de una propuesta, como de la suerte de haberla hecho en el momento adecuado. El fracaso no le quita méritos a la propuesta que no conecta con el público, tan sólo la invalida como producto comercial. Las audiencias premian productos televisivos o cinematográficos que lanzados al mercado en cualquier otro momento habrían pasado sin pena ni gloria. El programa fetiche de la Transición televisiva, La clave de Balbín, fue rescatada años más tarde y la audiencia ni se enteró. Los tertulianos han sido sustituidos por los friquis que se insultan, gritan y se pelean por un plátano y los actuales conductores de programas de éxito, pongamos Jesús Vázquez, no moderan sino que incitan al esperpento. La audiencia que conquista para Telecinco no lo convierte en el mejor comunicador de la década, pero sí en una máquina de hacer dinero. Hasta que la audiencia se canse o vuelva a tocar temas reales, que en este país no se pueden tocar.
La mayoría suele estar de acuerdo consigo misma, lo cual tranquiliza al que piensa como piensan casi todos, pero no le garantiza el acierto. Llevar la contraria y afiliarse a la minoría, tampoco. Entre otras cosas, ya no hay minorías que no sean en sí mismas otras formas de mayoría: somos muchos en el mundo y la presión demográfica convierte a los que reman contracorriente y a los snobs que no han visto Avatar y esperan bajarse de la red las últimas propuestas de Sundance en inmensas minorías, apropiándome de la expresión de Juan Ramón Jiménez.