MELITÓN CARDONA (*)
Si alguien pensó que el casi millar de páginas –entre artículos, protocolos, declaraciones y matizaciones ad nauseam– del Tratado de Lisboa, esa versión mermada del pretencioso tratado constitucional que franceses y holandeses se encargaron de enterrar en sus urnas, iba a resolver los problemas operativos de la Unión Europea, debió pensar en lo excusado, porque su entrada en vigor coincidió con su humillante marginación en la reciente cumbre sobre cambio climático celebrada en Copenhague (COP-15), en la que, por primera vez, países emergentes como China, la India, Sudáfrica y Brasil –por no hablar de la Federación rusa, cuyo presidente fue el primero en abandonar de un modo un tanto ostensible y prematuro el encuentro– no se plegaron a las exigencias de los países desarrollados.
Tiene razón un comentarista del semanario Time al afirmar que Europa es un lugar magnífico para vivir: horarios agradables, vacaciones prolongadas, permisos de maternidad generosos y pensiones razonables; el problema es que todo eso no garantiza la fortaleza de la Unión, carente como está de peso específico y de capacidad de influencia en la escena internacional. La creación de nuevos cargos como la presidencia del Consejo y la alta representación para asuntos exteriores y política de seguridad deberían, en principio, haber cambiado ese estado de cosas, pero, en la práctica, la Unión se rige ahora por un complejo mecanismo que comprende los dos cargos mencionados, más la presidencia rotatoria semestral, asistida de las dos que le seguirán (!), el presidente de la Comisión y, desde luego, los veintisiete jefes de Estado o de Gobierno, siempre atentos a recordar a los otros veintiséis que no todo es posible en Bruselas. O sea, todo un ejemplo de simplicidad y visibilidad, cuando no una parodia nada edificante de los males que paralizan la acción de la Unión. Para colmo, la elección de personajes como el señor van Rompuy y la señora Ashton ha hecho pensar a más de uno que se debía más a sus limitaciones que a sus méritos y no resulta fácil imaginar a políticos de proyección nacional compartiendo cancha con pesos pesados de la talla de Felipe González, Jacques Delors o Tony Blair.
Y así van las cosas, con países minúsculos en plano de igualdad formal con los más poderosos, con otros en el euro mediante trampas, con algunos del Este aparentemente suscritos a un sistema de valores del que están a años-luz y con la indefinición como método en la pugna entre soberanía y supranacionalidad, con millones de euros perdidos en traducciones a idiomas marginales y propuestas tan sugestivas como la reducción, a nivel comunitario, del contenido de sal en las galletas y demás ocurrencias poco edificantes de una burocracia sobrepagada y recompensada con jubilaciones suculentas.
El mundo no se detiene; la India y China se perfilan como gigantes económicos de este siglo, Brasil y Sudáfrica tratan de seguir su estela y la vieja Europa sigue pensando que lo que ocurra en Afganistán, Pakistán, Corea del Norte o Irán serán, esencialmente, problemas de los americanos. Como ha recordado no hace mucho lady Ashton, lo esencialmente europeo, son "los derechos humanos y la democracia", loables principios que reconfortan mucho pero alimentan poco. Mientras tanto, ingenieros informáticos indios y rusos acumulan cada vez más cuota de mercado y los negociadores asiáticos se asombran e irritan de la incapacidad europea de hablar con una sola voz. Ya lo advirtió Kissinger al preguntarse a quién debo llamar si quería hablar con Europa. Y eso lo dijo cuando sólo había un presidente de la comisión y un alto representante para política exterior. A quién llamaría hoy no lo sé. Si sé que en el Diccionario del Diablo del malogrado Ambrose Bierce hay una definición de la palabra "almirante" que reza así: "Parte de un buque de guerra que se encarga de hablar, mientras el mascarón de proa se encarga de pensar." Pues eso.
(*) Embajador de España en el Reino de Dinamarca