EDUARDO JORDÀ
En la autopista que va del aeropuerto de Palermo a la ciudad, a la derecha, cerca de la salida a Capaci, hay un lugar señalado con un monolito de feo color marrón. Es el lugar donde dos mafiosos colocaron los mil kilos de explosivos que mataron al juez Giovanni Falcone en mayo de 1992. En la explosión también murieron la mujer del juez y tres guardaespaldas. Yo siempre había creído que Falcone no era siciliano, ya que es muy difícil –basta pensar en Mallorca– que un juez local se adentre en una investigación que puede afectar a amigos, conocidos, vecinos, parientes o incluso hermanos y cuñados (los cuñados son siempre problemáticos, no se sabe muy bien por qué, y eso que no quiero señalar a nadie). Pero estaba en un error. Giovanni Falcone había nacido en Palermo, así que murió a pocos kilómetros del centro de "su" ciudad. Y en el barrio de su infancia había sido vecino de Tommaso Buscetta, uno de los jefes mafiosos, y también del juez Paolo Borsellino, que fue asesinado por la mafia un mes después que él.
Eso es muy curioso, y dice mucho a favor del temple moral de ese hombre, y también de su mujer, porque me temo que la pareja es una pieza clave en una investigación judicial. Es fácil imaginar las llamadas intempestivas que recibió el juez (y también su mujer), y los amigos que le recomendaron tomarse un descanso con una sonrisa que quería ser paternal, o incluso los encuentros con policías de su equipo, en un descanso cuando se tomaba un café, que le susurraron al oído que era un "cadáver andante" –como llama la mafia a los candidatos a ser asesinados–, y luego se fueron silbando por el pasillo como si no hubiera ocurrido nada. Y también hay que imaginar las visitas que le hicieron sus propios parientes, o la humillación al ver las miradas de desprecio de sus vecinos en el ascensor ("ese insensato nos está poniendo en peligro a todos"), o el simple hecho de ver a un amigo de infancia apartándose de acera en una calle de Palermo, en aquella misma calle, quizá, en la que los dos habían quedado de jóvenes antes de ir al cine: en la esquina de los tejidos Pirrone, por ejemplo.
Pero de todas formas no creo que haya muchos personajes como los jueces Falcone y Borsellino, capaces de investigar a sus vecinos y a sus conocidos de infancia sin temer las consecuencias. En general, la lejanía emocional suele ser la única garantía de un trabajo honesto. En una sociedad pequeña todos tenemos vínculos comprometedores, ya que la red de favores mutuos es tan espesa que nadie se atreve a romperla. El chófer de un político corrupto suele tener a su mujer colocada en algún cargo administrativo de libre designación (o tuvo él mismo un enchufe en las oportunas oposiciones a la administración local), así que se dejará cortar una mano antes de abrir la boca. Y el conserje que ha oído determinadas cosas teme por una baja sin justificar que está en el despacho del político corrupto, así que tampoco abrirá la boca. Todo funciona así.
Por eso siempre he desconfiado del poder local. Cuanto más lejos esté el poder, mucho mejor para todos. Si queremos que las cosas funcionen con un mínimo de equidad y eficiencia, hay que dejar que nos gobiernen técnicos cualificados que sepan muy poco de nosotros. Ese argumento de que la descentralización acerca el poder al ciudadano y lo hace más solícito y más eficiente –y por supuesto más benévolo– es una de las peores falacias con que nos dejamos sobornar la conciencia. Ésa es la perfecta excusa para las trapisondas y las iniquidades enmascaradas como gestos de afable generosidad. En un tribunal de oposición no debe haber nadie que nos conozca, si queremos que ese tribunal elija al más capacitado. Me pregunto cuántos tribunales de oposición actuales reúnen esas características de lejanía personal.
Grecia, Italia, Portugal –y por supuesto España– son países donde todo el mundo se conoce y todo el mundo se debe favores. Francia también es así, aunque sepa disimular muy bien con su Escuela Nacional de Administración (un organismo que jamás existirá en España). Y España tiene el agravante de una estructura administrativa tan fragmentada que casi todos tenemos conocidos en los órganos de poder local. Yo podría citar a varios imputados en asuntos serios de corrupción que estaban en mi colegio, algunos incluso en mi propia clase. Me pregunto por qué diablos he sido tan idiota que nunca se me ha ocurrido pedirles un favor.