ANTONIO PAPELL
La recesión ha hecho tambalearse al euro. Una evidencia ambivalente porque si de un lado lo ocurrido revela la fragilidad de la moneda única, de otro lado cabe destacar también que la divisa común ha sido capaz de resistir sin hundirse la peor adversidad que podía esperarse, una gran crisis global sin precedentes que ha puesto en cuestión todo el sistema financiero internacional. Resultaría suicida sin embargo no obtener conclusiones de lo sucedido (de lo que está sucediendo, más bien, dado que Grecia aún no ha resuelto sus problemas, ni puede darse por descartado que surjan desajustes en otros países de la Eurozona, el nuestro entre ellos).
Como es bien conocido, la moneda única se sustenta sobre el Pacto de Estabilidad y Crecimiento adoptado en 1997, para garantizar la estabilidad presupuestaria de los miembros de la Eurozona –con un límite del déficit público del 3%–, en evitación de que una política presupuestaria laxa de un Estado miembro penalizase a los otros a través de los tipos de interés; y en pos de una creciente convergencia de las políticas económicas.
Ésta es la teoría, impecable, que sostiene al euro, y que viene impuesta mediante normas coercitivas: si el Consejo constata un déficit público excesivo, podrá incoar un procedimiento sancionador, que primero dará lugar a una amonestación al país transgresor, después a la obligación de realizar un depósito dinerario y, finalmente, a pagar una multa. Sin embargo, la aplicación de estos requisitos es, de momento, escasamente rigurosa. Francia y Alemania transgredieron desde 2004 el límite del 3% por problemas internos –al margen de la coyuntura global– sin haber sido sancionados. Y, como ahora se constata, los controles europeos del cumplimiento de las condiciones han sido inexistentes, lo que ha permitido a Grecia ocultar sus problemas mediante añagazas estadísticas sin que la Comisión se percatara de ello hasta que la recesión ha destapado las vergüenzas griegas… No es extraño que Papandreu haya recriminado también a Bruselas por esta falta de control…
La Comisión Europea parece haberse tomado en serio el problema griego cuando el deterioro de la economía de ese país es ya muy serio y, en consecuencia, el ajuste habrá de resultar muy doloroso. Es evidente que la solvencia del euro requiere esta firmeza, y el valor pedagógico que tales medidas tienen en el conjunto de la UE desempeñará un papel disuasorio muy necesario. Sin embargo, lo razonable sería que las medidas de reforzamiento de la moneda única tuvieran carácter preventivo y no quirúrgico. En otras palabras, la "política monetaria común" necesita el contrapunto de una "política económica común" que, dentro de unos márgenes de obvia discrecionalidad para los distintos Estados, marque pautas uniformes, preserve la estabilidad general y constituya un sistema de socorros mutuos para resolver problemas singulares de algún país en particular (por ejemplo, en la recesión actual, y al margen del problema griego, es evidente la singularidad de la burbuja inmobiliaria de España e Irlanda).
En definitiva, la debilidad del euro no se resolverá del todo si no se soluciona el déficit político de la Unión. Con la moneda única, es ingenuo seguir pensando que la estabilidad de la Eurozona se generará espontáneamente sin el acompañamiento político de un auténtico gobierno europeo.