EVA ACOSTA
Ahora que el planeta ha decidido ponerse farruco, Mallorca parece no querer quedarse atrás; no en el plano telúrico y atmosférico, menos mal, sino en una dimensión más casera: la política. Y aunque aquí funcionamos a escala isleña, nuestra particular tormenta perfecta de bolsillo, ese tsunami nuestro tamaño bonsái, también ha levantado una buena polvareda. Lógico. Porque la dimisión y retirada de la vida pública de María Antonia Munar nos deja sin un referente clave; tanto que sin ella no se entiende la historia de Mallorca en estos últimos decenios. MAM ha sido mucho más que la imagen de un partido político; para mucha gente ha personificado el mismísimo ser mallorquín, y, pese a las críticas, su capacidad camaleónica para estar siempre en el momento clave y en el sitio adecuado (aun desafiando toda coherencia) despertaba no poca admiración.
La señora Munar tiene por delante tiempos difíciles. No me refiero tan sólo a los procesos judiciales, donde, hasta nuevo aviso, ha de prevalecer la presunción de inocencia. Hablo más bien del previsible purgatorio que deberá atravesar gracias a quienes, probablemente hasta hace pocos días, le rendían pleitesía. Es un clásico el hacer leña del árbol caído, y también una de las características menos nobles del ser humano. Lacayos, adhesiones inquebrantables y clientes más o menos próximos que hasta ayer aprovechaban la amplia sombra de ese árbol, hoy tal vez huyan despavoridos para evitar la quema. Munar ya ha pasado por su huerto de los olivos personal; me temo que sólo será el principio. Y, como en otros casos de renombre y proximidad en el tiempo, tal vez el máximo ensañamiento no le llegue de las filas rivales. Si alguna enseñanza puede obtenerse en estos momentos es el consabido aviso para navegantes. Por un lado, aquello de las barbas del vecino; por otro, que ni los más encumbrados están seguros..., siempre que haya algún rincón donde no se hayan limpiado bien las telarañas.
Pero las olas concéntricas del maremoto de Unió Mallorquina amenazan con descentrar también a otros partidos, y los primeros amenazados (no los únicos) son los actuales socios de gobierno, a todos los niveles. Por un lado se oye hablar de regeneración, de despejar el panorama con medidas radicales. Por otro, de volcar el tablero donde languidece una partida de ajedrez estancada en una jugada muy difícil. Sea como sea, es la hora de la estrategia: el momento de que los políticos den lo mejor de sí. Veremos adónde llegan. Sobre todo, veremos si quienes manejan las piezas de ese tablero de ajedrez están de verdad a la altura de las circunstancias o se preocupan sólo de cubrirse las espaldas. En teoría se plantea una magnífica oportunidad para hacer las cosas bien y no repetir los errores cuyas consecuencias hoy abochornan al ciudadano. El tiempo dirá si hemos aprendido la lección.