JORGE MARTÍ
El viaje ha sido concebido siempre como una experiencia transformadora. El viaje cambia, sobre todo, a la persona que viaja, porque el viaje se realiza en el tiempo y la principal cualidad del tiempo es cambiar nuestra conciencia y nuestro cuerpo. Pero también cambia nuestra casa, pues cuando regresamos a ella, como ya no somos los mismos, no podemos mirarla de la misma manera. Los lugares, siendo los mismos, resultan diferentes para dos que los miran, incluso cuando esos dos son la misma persona: el yo que partió y el yo que luego regresa, para quienes el mundo ya no es el mismo ni tampoco su casa.
El viaje era en el pasado una experiencia radical. El problema de nuestra época es que cada día es más fácil y barato viajar: viajamos más rápido y durante menos tiempo, lo que devalúa la experiencia viajera. Un fin de semana de compras en París nos transforma menos que quedarnos a leer un buen libro en casa. No me imagino a Ulises cogiendo un avión para irse una semana a Tailandia aprovechando los días previamente marcados como vacacionales en su calendario laboral. El equivalente actual a los aqueos que recorrían las islas mediterráneas persiguiendo cantos de sirenas, engañando a los Cíclopes o decidiendo entre Escila y Caribdis no suelen ser occidentales: los nuevos Ulises llegan a nuestras costas en patera, si no han naufragado antes.
El viaje de verdad implica un riesgo que nuestro mundo no acepta. A los occidentales nos queda el turismo, que es un sucedáneo del viaje y una industria que salva a los países que no tenemos industria, como España. El turista occidental viaja con la tarjeta visa, el billete de regreso y, a menudo, un seguro que cubra imprevistos. Para nosotros el viaje es sólo una interrupción en la rutina, que evita gastos posteriores de psicólogo.
Como, además, vivimos en un mundo que permite un acceso masivo y veloz a todo tipo de información, lo cierto es que podemos viajar virtualmente a través de la red y obtener imágenes del mundo entero sin levantar los ojos de la pantalla del ordenador. Nuestros viajes, además de breves y edulcorados, están exentos de sorpresa, pues ya hemos viajado previamente, sin quitarnos las zapatillas, a los lugares que visitaremos gracias a google. Ulises necesitó 17 años para regresar a Ítaca, mientras que nosotros, en 0,17 segundos, podemos tener en la pantalla las mejores fotos posibles de una isla que pierde así cualquier carácter mítico. El viajero que aún así va a Ítaca tras las huellas de los aqueos, lo que hace es ponerle imaginación y literatura a su sucedáneo de viaje. Buscar en nuestras escapadas viajeras aquello que leímos demuestra que el verdadero viaje se hizo en casa, en zapatillas, mientras leíamos. Para Claudio Magris la escritura es una forma de viaje, pues el que escribe trata de recopilar historias y personajes para salvarlos del río del tiempo. El viaje del tiempo es el único que todos de verdad realizamos. Ése sí que nos transforma; y de forma radical. La literatura no tiene otro sentido que tratar de salvar algunas cosas del naufragio seguro de ese viaje.