DANIEL CAPÓ
En algún lugar de su obra, el sociólogo polaco Zygmunt Baumann habla de la aparición de los detritus humanos, de aquellas personas que el sistema aparta y envía a galeras. Estas personas pasan a ser consideradas inservibles para el modelo económico y son apartadas del entramado productivo. Por supuesto, es difícil precisar quién forma parte de este nuevo rango sociológico, pero el crash de 2008 ha ensanchado sus límites. Cáritas España habla de unos ocho millones de pobres en nuestro país y la tasa de paro sobrepasa los cuatro millones de trabajadores. Sin mucho temor a equivocarnos, un veinte por ciento de la población se enfrenta al riesgo de la exclusión social. Se trata en su mayoría de grandes bolsas de inmigración, de jóvenes sin formación académica ni profesional – el famoso "fracaso escolar" – y de trabajadores del sector de la construcción que han visto el colapso de su actividad.
Los efectos de la exclusión social no son inmediatos pero sí demoledores. Al principio, se vive como si nada hubiera sucedido. El estado del bienestar garantiza el cobro de ayudas durante unos meses, así como la educación y la sanidad. Probablemente la mayoría de los parados cuenten con unos ahorros que les permitan afrontar el pago de sus deudas, al menos durante un tiempo. Hay preocupación, pero la justa. Quiero decir – y supongo es una necesidad psicológica – que vivimos como si de pronto todo se fuera a recuperar, igual que nos recuperamos de una gripe o de un catarro al cabo de una semana. El problema se da cuando el paro se cronifica y, de repente, por un motivo u otro, empieza a sobrar gente y lo que esa gente pueda ofrecer no le interesa ya a nadie. Eso puede suceder por el colapso de todo un sector económico – el caso en España de la construcción -, o por una mutación industrial – la incorporación de las nuevas tecnologías -, o a causa de la globalización o por lo que sea. Da igual, porque el efecto es similar y persiste en el tiempo. Y como ocurre con las depresiones, las consecuencias se agravan con el paso de los años: las familias se desestructuran, los jóvenes pierden la esperanza y se malogran en el escapismo y, en general, el fluido social se embrutece. Todos conocemos ejemplos evidentes de sociedades disfuncionales, pero en nuestro caso – en el primer mundo, quiero decir -, más que de la sociedad en su conjunto hay que hablar de los problemas de determinados grupos: los expulsados del sistema, los detritus a los que se refiere Bauman.
Nadie sabe muy bien cuánto tiempo más va a durar la actual crisis económica ni si se ha visto lo peor de la misma. Pero hay cosas que son incuestionables. Una de ellas es que van a pasar muchos años antes de que volvamos a cifras de desempleo más aceptables. Otra es que un importante sector de la población tendrá dificultades para readaptarse. Se crearán nuevos empleos, aunque será en sectores muy distintos y que exigirán habilidades muy diferentes. Sin duda, las malas decisiones de ayer se empiezan a pagar hoy, y sus efectos durarán mucho tiempo. Como me decía un amigo, en el mundo que se avecina la agilidad será un valor preferible a la fuerza. Supongo que tiene razón.