GUSTAVO CATALÁN
Los viajes son mi debilidad: tienen un efecto rejuvenecedor (aunque no se note a simple vista) y me llenan de entusiasmo: durante y en el excitado antes. No obstante, renuncié la semana pasada a París por no levantarme antes que el sol, y cambié el cruasán de allá por el del bar de Esporles. Como cada sábado si alguna pejiguera no me lo impide. Porque la charleta distendida en Es Brollador y el periódico, sin prisas ni obligaciones perentorias, también valen esa misa que Enrique IV estaba dispuesto a oír en el París de la Francia, convertido al catolicismo, con tal de convertirse en rey.
Misa de por medio como pura metáfora, pero aceptarán que las rutinas pueden ser agobio o bendición según se trate de prácticas impuestas o elegidas, y que ése andar por la vida con una guindilla en el culo, en permanente carrera de obstáculos y siempre chutado de adrenalina, pues preferiría que no; como el Bartleby de la novela si acaso hay opción, lo cual no siempre es posible. Pero mediten sobre el juez Garzón o algún otro de aquí y juzguen si querrían para sí la opresión torácica; el hambre de aire por intentar procesarlo todo, desde el franquismo a Batasuna pasando por los mangantes, aforados o no.
El infierno cotidiano de que hablaba el filósofo, la losa del tedio y una reiteración que es como la carcoma, pueden convertirse en sujetos de deseo cuando ya se ha sido presa de innumerables fascinaciones que dejaron al esforzado paisano exhausto y vacunado, aunque los anticuerpos durasen poco en los primeros compases de la vida adulta. Pasado el tiempo, puede descubrirse que los muchos cumpleaños son el mejor antídoto (y no siempre funciona) para los señuelos que prometen un éxtasis en general frustrado; como coitus interruptus y encima sin remuneración por esa extendida trampa de que los retos y la satisfacción por superarlos son un pago suficiente. La juventud –y puede conservarse el mismo espíritu pasada la cincuentena y más; un trastorno mal estudiado y de difícil tratamiento– se da en creer que sólo el tránsito por la cuerda floja y un probarse hasta el límite aportarán sentido a la existencia, hasta el extremo de aquel inglés que, me parece que fue Goethe quien lo contó, se ahorcó por evitarse la rutina de tener que poner y quitarse la ropa un día sí y otro también.
Pero les confieso que, a mí, las rutinas empiezan a seducirme. No quiero decir manías que quizá alguna también, aunque no haya llegado a vestirme de Al Capone para escribir sobre UM ni ande atento a las baldosas como Jack Nicholson en Mejor imposible. Me refiero a la cenita del viernes en compañía de quienes quiero, la cabezada frente a un amor en tiempos revueltos, las zapatillas que no me las cambien de sitio y, para escribir esto, con el balcón abierto y chaquetón. Puestos a rastrear mis circunstancias, los aperos del desayuno preparados la noche anterior y, en la mesilla de noche, bolígrafo y libreta de notas junto al libro por si me viniese la idea: una idea cualquier año de estos.
Lo cierto es que las rutinas, con la edad casi ritos, cimentan un clima de seguridad. Se han instalado por un proceso de selección darwiniana hasta quedar como definitivas las más pegadas a nuestro ser esencial y, aunque exija valor definir la propia identidad con relación a las pantuflas, qué quieren: he concluido que proporcionan (las rutinas) comodidad, ahorran tiempo, contribuyen a la tan cacareada eficiencia que preconizan los gestores y, si es cierto que el orden tiene su secreta aventura, pueden suplir aquellas selvas amazónicas por las que antaño suspiraba, eliminando de paso la molesta convivencia con los insectos. Se trata de asumir, siquiera en el domicilio, que cualquier cambio puede ser a peor, aunque esa mentalidad conservadora, aplicada a la cotidianidad doméstica, pueda no guardar relación con el talante más allá del zaguán. O eso quiero suponer.
En cuanto a la posibilidad de verse abocado al hastío a fuer de previsor, la suposición no pasa de prejuicio y lo que puede ocurrírsele a uno, libre de sobresaltos, supera la ficción o, cuando menos, no obstaculiza su flujo. Reparen en que Julio Verne era hombre apacible, amante de las rutinas y ello no fue óbice para que dejase escritos los más extraordinarios lances, pero si les parece una justificación traída por los pelos adviertan que Beckett no salió prácticamente de París; jamás vino a degustar los cruasanes de Esporles y nadie podrá acusarle de conservador, de modo que si son de esos que han optado por la sacarina como regla, escuchan siempre la misma cadena y cuando orinan no cejan hasta la última gota así se hunda el mundo, no se juzguen como unos obsesivos porque es muy posible que estén en el buen camino. A la postre, uno sólo se muere cuando olvida la rutina del vivir y, para la novedad y el consiguiente estrés, no busquen: les bastará con atender desde casa a las ocurrencias del señor Zapatero.