ANTONIO PAPELL
La CNN emitió hace unos pocos días un documental sobre España, Pain in Spain –juego de palabras que literalmente significa "Dolor en España"–, que exageraba el apetitoso tema periodístico del país que ha pasado del milagro al batacazo, de la euforia desarrollista a la crisis depresiva. Y Paul Krugman, premio Nobel de 2008, gurú del nuevo keynesianismo y de las políticas de demanda frente a las de oferta (mejor aumentar el gasto que bajar los impuestos para activar la economía), nos ha hecho un flaco favor, con gran resonancia internacional, al extender la tesis teórica de que España está en una situación especialmente difícil por causa de la rigidez de la Unión Europea, que no le aporta soluciones a su crisis particular a pesar de que la pertenencia al euro le impide devaluar su divisa, que sería la receta canónica en otras circunstancias. Además, ZP se habría equivocado al aceptar comparecer en Davos junto al primer ministro de Grecia y al presidente de Letonia en una sesión sobre el deterioro de las finanzas públicas en los países de la eurozona, moderada por el presidente del BCE, Jean Claude Trichet, y "escenificando el papel del maestro y los malos alumnos". También el flamante comisario de la Competencia, Joaquín Almunia, comparaba imprudentemente las situaciones griega y española en unas apresuradas declaraciones.
Estos elementos han tenido un indudable peso psicológico en la alarma de los mercados financieros ante la situación española, que asimismo entraba en ebullición dentro de la propia España por la acumulación de acontecimientos, en su mayoría adversos. En efecto, a lo largo de esta semana negra se anunciaba la cancelación del viaje a España del presidente Obama y, al hilo de la remisión del Plan de Estabilidad a Bruselas –con recortes de más de 50.000 millones de euros hasta el 2013–, se abría aquí una colosal polémica sobre las pensiones públicas, que acabaría confundiéndose con la protesta sindical por la ya inaplazable reforma laboral que el consejo de ministros acometía en su reunión del viernes.
Los mercados financieros, lógicamente sensibles a este clima de depresión y derribo, se han ensañado con España y ello obligaba al Tesoro a subir el jueves el interés de los bonos. España ha alegado una campaña de animosidad orquestada por los circuitos anglosajones pero, sin descartar cierta predisposición en este sentido, es claro que ha habido un contagio de la crisis griega y que el sistema financiero internacional desconfía indiscriminadamente de la deuda de los países más débiles de la Eurozona, Grecia, Portugal, España e incluso Italia.
Los ecos de esta "semana trágica", que ha concluido con la mala noticia de que seguimos en recesión (por una décima de punto), han desconcertado claramente a la opinión pública española, que no sabe qué pensar. Y es que es inevitable que la sociedad, al borde del pánico, se pregunte sobre la capacidad y competencia de quienes están al frente del país y de la política económica, que han dado últimamente serias muestras de desorientación. Ciertamente, tampoco la principal minoría genera confianza alguna, lo que debería llevar a todos los actores a una posición de singular prudencia. Ya que nadie parece tener la solución en sus manos, lo lógico sería ensayar criterios de unidad para explorar las vías de futuro, cada vez menos claras y más enmarañadas.