MIGUEL DALMAU
Cuando el gran Oscar Wilde entregó a su madre el manuscrito de su primera obra de teatro, ésta le comentó: "Eres tonto, hijo mío. ¿A quién puede interesarle la historia de una buena mujer?". Abrumado, el escritor introdujo varios retoques y cambió el título por el de El abanico de Lady Windermere. Desde aquel día, las reglas del espectáculo se mueven por unos mecanismos que escapan a los patrones convencionales. Todo aquello que valoramos en nuestra vida burguesa queda devaluado en el ámbito del show business. Y allí sólo será útil en la medida en que funcione como entretenimiento de masas. De lo contrario no sirve.
Viene esto a propósito del artículo que mi amigo José Carlos Llop publicó el domingo pasado. Se quejaba con razón de que el cine español no abunda en biopics –que me lo digan a mí– y que hay vidas de escritores que merecen ser contadas no sólo por el escándalo que hubo en ellas. Pero si hablamos de Dámaso Alonso y Gerardo Diego, me temo que habrá que seguir esperando. Porque cinematográficamente la vida del primero no interesa nada de nada. La historia de un señor bajito, gordo, calvo, poeta y especialista en Góngora no la redime ni su afición al whisky ni su debilidad por los burdeles. Empezaría a tener interés si Alonso ocultara los cadáveres descuartizados de media docena de niños de San Ildefonso en los sótanos de la Real Academia. De lo contrario no pita. Y ya no hablemos del pobre Gerardo Diego. A menudo los demás creen que nuestras vidas son interesantes por el sólo hecho de que no son las suyas. Pero no es así. Si pensamos en nosotros dos, por ejemplo, el asunto ya no lo salva ni la mirada de un gran director. La historia del escritor catalán de mediana edad que está escribiendo este artículo es dinamita para la taquilla. Y por la misma razón la historia de un funcionario que trabaja en una biblioteca de Palma y que escribe libros primorosamente en sus ratos libres, al cine le importa un carajo. Nuestras vidas empezarían a ser "filmables" si nuestras santas mujeres, que los son, se largarán juntas a petardear por el mundo en plan Thelma y Louise. Otra opción sería una terrible enfermedad, lagarto, lagarto, donde se pusiera a prueba nuestra dimensión heroica, o la escritura de una obra imperecedera. Sólo así. Y ni siquiera así.
Luego se da la paradoja de que mientras uno es alguien anónimo, aún tiene alguna posibilidad. El cine moderno está lleno de "historias reales" donde el público puede reconocerse o emocionarse con sus pares. Pero cuando uno tiene ya cierto perfil público, su vida indefectiblemente ha de ofrecer mucho más para que un productor se gaste millones de euros llevándola a la pantalla. Llámese Dámaso Alonso, Gerardo Diego o Miguelito Dalmau. Es así de simple. Y así de aterrador. No interesa filmar ni los vicios confesables de los buenos ciudadanos ni tampoco las sutilezas de la vida espiritual. Porque para eso, precisamente, ya está la literatura.