CAMILO JOSÉ CELA CONDE
Don Joan Ferrà, alcalde de Puigpunyent y capaz, encima, de sacar tiempo para compaginar ese cargo con el de presidente de la Federación de Entidades Locales de Balears, es tan eficaz en la tarea que ha logrado rebañar los minutos necesarios para hacer unas declaraciones al DM. En ellas advierte acerca de la coyuntura económica, que ya sabíamos que es pésima, pero además apunta todo un programa de austeridad municipal. Sangre, sudor y lágrimas fue lo que prometió sir Wiston Churchill a sus conciudadanos y éstos le dieron, por añadidura, sus votos. Es lo que tiene el pueblo llano: sigue a pies juntillas a quienes no intentan engañarle. Si tenemos presente que los apuros que vivimos se deben, en particular, a los muchos próceres económicos y políticos que quisieron tomarnos el pelo, habrá que reconocer que la sinceridad es una alternativa eficaz. Incluso si lleva a poner las cosas en plan calvinista, anunciando recortes en festejos y acontecimientos deportivos para poder reservar los pocos euros de que los ayuntamientos disponen para la compra de alquitrán, ladrillos y cemento, es decir, para las obras públicas, paradigma mismo según se ve de la felicidad. No sé yo si un mundo de aceras levantadas, calles en plan de trinchera de guerra, tuberías al aire y vallas por doquier es la idea que el ciudadano tiene del paraíso pero se ve que aquellas personas que añaden a la condición humana la de concejal o alcalde cuentan con una religión diferente. No pueden contemplar una vía, plaza o jardinera en paz sin que les entren ganas irresistibles de invadirla, igual que decía Woody Allen que le pasaba con Polonia cada vez que escuchaba música de Wagner.
El Plan E, con la e haciendo olas, ha sido el instrumento ideado por los gestores del paraíso municipal para matar dos pájaros de un solo golpe de martillo pilón: aliviar las arcas municipales y dar trabajo a las empresas constructoras, en la esperanza de que éstas lo trasladasen a los parados. A resultas de las últimas encuestas de población activa, no parece que haya sido la panacea que imaginábamos (que imaginaban los arcángeles de las calles destripadas) y, encima, los constructores se quejan de que los consistorios no les pagan. Que la entrevista de este periódico al alcalde Ferrà destile pesimismo no es, pues, nada extraño. Ya decía antes que a Churchill la fórmula le fue de cine. Pero con una salvedad a tener muy en cuenta: nada más que terminó la II Guerra Mundial, y pese a ganarla, los electores le pusieron también en él en las filas del desempleo. La sangre, el sudor y las lágrimas terminan por aburrir incluso al santo Job redivivo y la ciudadanía vuelve a reclamar su pan y circo. De momento, el Atiàr Foc de Ciutat no se ha convertido a la fe de Calvino y nos brinda unos instantes de relámpagos y truenos como si nada estuviese pasando. Para mí que los alcaldes que no se crean del todo eso de que la austeridad es bella saldrán mejor parados de la travesía por el desierto. Y, con ellos, quienes creemos que el pasarlo bien forma parte de los servicios esenciales.