FERNANDO PERELLÓ*
Hace algo más de un siglo Azorín escribió: "Cuando la especie humana hubo acabado de salir de las manos de Dios, vivió unos cuantos años contenta y satisfecha. Dios también estaba contento. Decididamente, pensaba, he hecho una gran obra. Mis criaturas son felices; les he dado la belleza, el amor y la audacia y, como don supremo, he puesto en sus cabezas la inteligencia."
"Estas criaturas, sin embargo, gozaron breve tiempo de la dicha. Poco a poco se fueron tornando tristes. Entonces, se presentaron a Dios para que les quitara la inteligencia. Hasta ahora, dijo Dios, la inteligencia la llevábais en la cabeza. Pues bien: de aquí en adelante, el que quiera podrá dejarla guardada en casa para volverla a sacar cuando le plazca".
Cuenta Azorín que unos guardaron cuidadosamente la inteligencia en los armarios pero otros, soberbios y ridículos, querían saberlo todo y la sacaban de cuando en cuando. Y finalmente había otros que no la sacaban nunca, porque jamás la tuvieron, pero se aprovecharon de la ordenanza divina para fingir que la tenían. Y así cuando les preguntaban en la calle por ella respondían, ingenuos y sonrientes, que la tenían muy bien guardada en casa. Esta ingenuidad y esta modestia encantaron a las gentes. Y las gentes, dice Azorín, "llamaron a estos hombres políticos, que es lo mismo que hombres urbanos y corteses. Y poco a poco estos hombres se fueron ganando la simpatía y la confianza de todos, y en sus manos se confiaron los más arduos negocios humanos; es decir, la dirección y gobierno de las naciones."
Al tiempo las gentes cayeron en la cuenta de que estos buenos hombres no llevaban la inteligencia en la cabeza ni la tenían guardada en casa. Y entonces pidieron que se restableciese el uso antiguo, pero ya era demasiado tarde, el perjuicio ya se había consolidado y los políticos llenaban los parlamentos y los ministerios.
Ignoramos si lo escrito por Azorín, hace tanto tiempo, tiene todavía vigencia aunque fuera anecdótica, pero sabemos que hay políticos buenos y en algún caso muy buenos, pero no se trata de iniciar una polémica que pudiera herir innecesariamente la susceptibilidad de unos o la disculpable sensibilidad de otros, sino constatar un hecho en el que todos, o casi todos, coincidimos y es que en la actualidad muchos políticos están en el punto de mira de los ciudadanos de a pie.
Robert Graves ya decía en su simbología particular que "la sabiduría está debajo de un manzano, mediante la pura meditación, en la tarde de los viernes, en la estación de las manzanas, cuando hay luna llena."
En busca de la sabiduría política andaba el experimentado Guy Verhofstadt que, al dejar de ser primer ministro belga afirmó, "Bélgica es una cleptocracia de partidos". Sus razones tendría para una afirmación tan paradigmática que refuerza la idea que las listas cerradas que los partidos políticos nos imponen son solo una muestra, que lo que consiguen es votar ellos por nosotros. Entre otras razones también está el hecho que confunden conscientemente a los afiliados con los votantes. Como la afiliación es escasísima pretenden imponer cifras muy poco relevantes de afiliados con las intenciones de voto de los ciudadanos, obrando a favor de los abstencionistas que constituyen, cada vez más, el partido más votado en múltiples elecciones, sin que se incomoden o alteren los partidos afectados. Que la abstención suba como la espuma no les preocupa mientras puedan priorizar su lugar preferente en la lista. Tal vez sea porque los políticos de las diferentes naciones bajaron de los árboles en épocas distintas. Los arameos y los incas mucho antes que los alemanes o los rusos o…
Con la seguridad de quien contempla lo infalible, mi amigo sueco de Estocolmo me interrumpió para decirme, que también los españoles bajaron de los árboles antes que los suecos, aunque luego, añadió, os echásteis una siesta de varios siglos que, a algunos, todavía les dura.
Es verdad, reconocí, que un país vale lo que su nivel tecnológico y su sentido común. Tal vez, me dijo mi amigo sueco, que aunque cualquier comparación pueda, en este sentido, parecer una descortesía, creo que habéis dejado pasar unos cuantos trenes antes de reincorporaros al wagon-restaurante. Pienso que el afán de protagonismo de unos y la dispersión de valores de otros nos han causado miserias infinitas, le indiqué. Pues yo pienso, me dijo él, que en vuestro país tenéis una muestrario de políticos entre los que algunos bien pudieran llamarse perversos, en la óptica de los países nórdicos que tenemos, como tú bien sabes, una democracia más consolidada que la vuestra. Por ello, que un conseller de una institución política de vuestra comunidad pueda aconsejar quemar fotos del Jefe del Estado, en este caso como en el nuestro, el Rey, para encender velas es, a nuestro entender, un acto punible además de estúpido. Si se quiere impresionar la imaginación popular hay que actuar sobre uno mismo. Como aquel hombre condenado a muerte que está leyendo un libro cuando llega el verdugo, le toca el hombro indicándole que ya es la hora y él, al levantarse, antes de cerrar el libro coloca un marcador para señalar la página. O como aquellos judíos españoles que al abandonar el país a consecuencia de su estúpida expulsión, al final del siglo XV, se llevaban las llaves de sus casas pensando que volverían algún día no demasiado lejano. Nada que ver con quemar fotos ajenas para encender velas propias. Te invito a tomar un café donde siempre, le dije.
(*) Es presidente del Cercle Financer de Balears.