MIGUEL DALMAU
Leo en este mismo periódico que el precio de la vivienda en Balears registró el año pasado una caída de casi el once por ciento. Y como no podía ser de otro modo me alegro profundísimamente. Verán. En algún rincón de mi estudio cuelga un pequeño anuncio que paso a reproducir por el interés de todos: "Bunyola. Casa de pueblo, tres plantas, situado en bonita calle pintoresca, salita, tres dormitorios, baño, cocina, terraza situada en última planta, suelos de cerámica. Vistas a Palma. 13.700.000 pesetas". Este anuncio que puedo leer cada mañana no fue publicado en la época del beato Llull ni tampoco en los siniestros tiempos del conde Rossi. Este anuncio tiene más o menos diez años. Y si lo recorté en su momento es porque en algún rincón insensato de mi mente albergué la idea de acudir a la inmobiliaria. Dicho de otro modo, en aquel tiempo hasta un pringao como yo podía lanzarse a la aventura de comprar una vivienda. En mi caso, sólo era cuestión de aguardar pacientemente a que la espichara mi abuela y cobrar un pellizco de su herencia. Al final la abuelita duró más de la cuenta –los extremeños son muy duros de pelar– y el asunto cayó en el olvido. Pero la pregunta sigue en pie. ¿Sería posible hoy comprar esa casa por su equivalente de ochenta mil euros? No me hagan reír.
Si uno se acerca a las inmobiliarias nacionales y extranjeras de Palma el espectáculo es lamentable. El bochorno para mí no procede de que la crisis se haya cebado en el sector, faltaría, sino en los precios abusivos que aún se mantienen impúdicamente en los escaparates. Da igual que sea un piso en el casco viejo, una casita pareada en las afueras, o una casa de pueblo con carácter. Porque está visto que no aprendemos la lección. A regañadientes debo admitir que el chollo de mi anuncio ya no existe. Pero usted puede encontrar algo parecido en un pueblo mucho menos cotizado como Banyalbufar, donde ha de reformar el edificio de arriba abajo por un dineral, previo pago de unos cincuenta o sesenta millones de pesetas. Más de cuatrocientos mil euros. Todo esto, insisto, sigue ocurriendo en plena crisis inmobiliaria. ¿Cómo va uno a gastarse casi cien kilos en una casa normal, de pueblo, en Banyalbufar? Estamos locos, idiotas, hemos perdido el norte.
El problema es uno. Desde mi anuncio no hay nadie en la isla que haya visto multiplicados sus ingresos por cinco o por diez. Ni los futbolistas ni los controladores aéreos. Sólo algunos políticos. Por tanto, hay un error de base que contamina el proceso. Si nuestro poder adquisitivo está ya en manos de los bancos, nuestra capacidad financiera dependerá imperativamente de ellos y de los vaivenes de la economía. Ninguna casa de Mallorca vale lo que piden por ella. Todo está hipertrofiado, y lo peor es que lo sigue estando como si no hubiera ocurrido nada. Pongan una casita en Buñola por ochenta mil euros. Y verán qué pronto se la quitan de las manos.