ANTONIO PAPELL
Con el peregrino y pintoresco argumento de que "Los toros no se pueden defender por sí mismos, eso confiere a la fiesta un punto de cobardía inexcusable", una ciudadana llamada Anna Molà, portavoz de la comisión promotora de la Iniciativa Legislativa Popular que propone la proscripción de la Fiesta Nacional en Cataluña, consiguió el viernes arrastrar a una mayoría del Parlamento de Cataluña hacia la admisión a trámite de la referida iniciativa.
Combatir la estupidez produce un cansancio infinito y, en este caso, el discurso es tan pobre que el hastío se vuelve inmanejable. Ocioso es decir que el razonamiento de la señora Molà aplicado a los toros sirve igualmente para los pollos, los terneros, los cerdos y los corderos, que tampoco se pueden defender. Y, puestos a extrapolar, también para los peces e incluso para las plantas. Pero al margen de este papanatismo, que oculta importantes dosis de sectarismo nacionalista y particularista –de lo que se trata no es defender a los indefensos animales sino de eliminar cualquier rastro cultural español–, la propuesta incluye dosis de intransigencia que probablemente casan mejor con planteamientos fascistas que con postulados democráticos.
Resulta sobrecogedor que un grupo de ciudadanos esté tan convencido de la verdad y la vigencia de sus dogmas subjetivos que pretenda imponérselos a toda la colectividad. Porque a menos que aceptemos todos los postulados del vegetarianismo, es claro que nos encontramos en presencia de una minoría que, aprovechándose de los resortes legales de la democracia y explotando la buena fe y la apatía de sectores sociales despolitizados, pretende limitar arbitrariamente los espacios de libertad. Recuerda el caso aquel discurso del franquismo, según el cual el carácter díscolo de los españoles y su propensión a descarriarse hacían necesaria la férula autoritaria del Caudillo, luz y guía de los grandes designios patrios.
El académico Pere Gimferrer ha redactado el Manifiesto de La Merced para la Libertad, suscrito por varios centenares de ciudadanos de relevante prestigio, en el que, entre otras cosas, recuerda que "cada vez que la libertad de alguien se ve negada o limitada, la libertad de todos pierde peso, se debilita, se empequeñece". En consecuencia, recuerda a los representantes parlamentarios que han de tomar la decisión de marras que "no es sólo la realidad cultural, festiva, tradicional, económica y social de los toros lo que está en juego: es la misma libertad, es un espacio más de libertad, de la libertad de todos, que con su voto pueden borrar o no de nuestro entorno, que podemos perder todos en nuestra casa". Concluye Gimferrer diciendo que el verbo prohibir no es reconocible ni en la tradición ni en la cultura catalana, "hecha de tolerancia, respeto, pacto, inteligencia, entendimiento y sentido común".
Vivimos en tiempos de creciente intervencionismo estatal; los depositarios de la soberanía nos llenan de proscripciones para redimirnos (la prohibición del tabaco, la imposición del cinturón de seguridad, dan testimonio de este afán interventor). Pero si es preocupante que la libertad se agoste para dar cabida a la beneficencia, lo es mucho más que los fanáticos iluminados pretendan imponernos su credo, sus valores extremosos, sus inclinaciones utópicas o sus prejuicios. Lo ha dicho Joan Barril, intelectual sensato poco amigo de la Fiesta: "los toros me entristecen; las prohibiciones gratuitas me avergüenzan".