CARMEN BARCELÓ VENTAYOL (*)
Nací en el año 1962 en la provincia española del Sáhara Occidental. Tenía catorce años cuando Marruecos nos invadió y encarceló a toda mi familia, a mi padre, a mi madre, y a mi hermana Fatma, tres años mayor que yo. Mi hermano logró huir. A nosotros nos llevaron a la Comisaría Central de Agadir, y allí permanecimos todo un mes. Allí sufríamos malos tratos físicos y psicológicos. Después nos llevaron a la cárcel de Agdis, en el sur de Marruecos donde encontramos a centenares de saharauis sobreviviendo en condiciones infrahumanas. En cada celda metían a veinte, treinta y hasta cincuenta personas lo que nos obligaba a permanecer de pie, o a tumbarnos por turnos. Nos torturaban, nos insultaban, y nos alimentaban con macarrones crudos llenos de gusanos. No teníamos luz, ni mantas, ni atención médica. Murieron veintiocho personas. El 16 de julio de 1979 murió nuestra madre. En 1980 nos trasladaron a otra cárcel, la de Galad Makuna. Allí murió mi padre junto a otras trece personas.
Las mujeres nos pusimos en huelga de hambre. Pedíamos que se respetara nuestro derecho a tener asistencia médica, visitas de familiares, y un juicio para saber de qué se nos acusaba. Se nos concedió tan sólo la visita médica, pero no nos daban los medicamentos que nos habían recetado.
En 1986 y presionados por organizaciones de internacionales Derechos Humanos nuestros carceleros empezaron a llevarnos a los hospitales. Nos vestían con ropa mejor, para que nadie supiera que éramos prisioneros. A mi me operaron de la vesícula. Al salir del quirófano me ataron a la cama con grilletes y no me dieron calmantes ni analgésicos. Hacían lo mismo con todos.
En 1991 nos liberaron de la cárcel. Se había declarado un alto el fuego por mediación de la ONU, en la guerra que sostenían Marruecos y la República Árabe Saharaui Democrática, nuestro gobierno en el exilio, y entre los acuerdos figuraba la liberación de los presos políticos.
Entonces mi hermana y yo regresamos al Aaiún y comprendimos que nos habían encerrado en una cárcel mayor. Estábamos controladas por la policía en todo momento y la gente no se atrevía a hablarnos ni siquiera a mirarnos. Habíamos perdido a nuestros padres y algunos familiares nos ayudaban a escondidas, pero no teníamos de qué vivir. Aaiún era una cárcel muy grande donde los saharauis vivíamos amenazados. Las calles estaban tomadas por la gendarmería, y quien mandaba era el Majzen, el Servicio Secreto del gobierno de Marruecos. El Wali del Aaiún no nos dejaba salir de la ciudad.
Supe que mi hermana y yo habíamos sido "adoptadas" a través de Amnistía Internacional. A mi me apadrinó una mujer mallorquina, Catalina Vidal, nunca la olvidaré. Fue lo único bueno que me sucedió en aquellos años.
Un día, después de varios intentos, conseguimos salir en una patera de narcotraficantes y después de 36 horas de navegación llegamos a Fuerteventura. Al embarcar enviamos un mensaje a nuestra familia del Aaiún, por medio de una buena persona. Al llegar a Fuerteventura nos esperaba mi hermano, el que había conseguido huir. Con él estaba un abogado de la Coordinadora Española de Ayuda al Refugiado. Nos llevaron a una comisaría y pedimos asilo político. Era el mes de octubre de 1999.
Por eso he venido a Lanzarote, para estar cerca de Aminetu Haidar. Porque en el Sáhara ocupado todos somos Aminettu. Así me lo ha contado Mamiya en el aeropuerto de Lanzarote. Yo sólo lo transcribo.
(*) Presidenta de Escola en pau