DANIEL CAPÓ
En el mundo ideal de la democracia la hipocresía es el peor de los pecados, al tiempo que el más común. Oscar Wilde afirmaba que la máscara –que es como decir la mentira– señala la verdad de cada hombre, al acentuar con su sombra los rasgos de su rostro. Esto quizás fuera así en otras épocas; en un mundo moral, tal vez, con sus reglas y sus excepciones, sus claroscuros, diríamos, siempre perfectamente matizados. Pero en las sociedades líquidas, la hipocresía funciona como vicio y no como culpa, adquiriendo el tono pastel de una atmósfera. En el maremágnum de la política española y balear de estos últimos años nada hay más evidente que esta especie de neblina que todo lo penetra. Me refiero a la corrupción, claro está, pero no sólo a ella. Pienso sobre todo en la incapacidad de pronunciar la verdad, ya sea por motivos económicos, electoralistas, por presión de la dictadura de lo políticamente correcto o, simplemente, por miedo. Por esto sorprenden las palabras de Ramón Aguiló que le leímos el pasado domingo en Diario de Mallorca. Cuando alguien se atreve a decir la verdad –aunque sea con errores e imperfecciones–, caemos en la cuenta de que modo la hipocresía y la mentira son la fuerza invisible que mueve este mundo. Y también caemos en la cuenta de qué no todo es igual, ni todos iguales.
Pienso en las palabras de Aguiló y pienso en la clase política de nuestras islas. Se dirá que hay grados de corrupción –y eso es cierto–, pero al final hay algo más hondo, una especie de podredumbre que convierte a la hipocresía en el modo habitual de ser. Tenemos el Partido Popular convertido en el partido subprime de las Balears. Tenemos a UM incapaz de percibir –con la honrosa excepción de Miquel Àngel Grimalt– que la labor de los jueces no es el resultado de una persecución sino la mínima reserva de anticuerpos necesaria para que una sociedad sobreviva. Tenemos a los partidos de la izquierda –PSOE y Bloc– apoltronados en el poder, sumisos ante una falsedad que ya no se sostiene. La corrupción es el robo, pero también la incapacidad de gobernar. La corrupción es el hampa, pero también pactar a cambio de unas prebendas. Se trata de niveles distintos pero que comparten una misma orientación: el poder como único objetivo.
La tragedia de estas islas es que nadie –ningún grupo político o social– parece capaz de articular una alternativa. Uno puede pensar que habrá un antes y un después de la actual operación Manos Limpias, aunque a mí me cuesta imaginarlo. Y uno puede creer muy firmemente que las palabras de Aguiló –que la dignidad del alcalde Aguiló– son el mejor ejemplo de la honestidad y la valentía de una sociedad que se niega a aceptar la hipocresía como forma última de convivencia. Pero sin una articulación civil, la historia está condenada a repetirse. No hablo sólo de la necesidad inmediata de convocar elecciones autonómicas. Se trata de algo más.