CAMILO JOSÉ CELA CONDE
La prensa cavernícola se le ha echado encima al presidente del Congreso, José Bono, por habérsele ocurrido decir que el antiguo general Pinochet era un asesino y que la Iglesia católica jamás le negó la comunión. Se trata de dos verdades que, por separado, resultan difíciles de negar. Pero lo que quiso decir Bono de forma diáfana, sin trampa ni cartón, es que van juntas de la mano, que los obispos que arroparon, veneraron, aplaudieron y cubrieron de arrumacos al caudillo infame sabían muy bien que éste se había hartado de dictar sentencias de muerte sin necesidad siquiera de disfrazarlas bajo el ropaje de una justicia dócil. ¿Es así? ¿Estaban al tanto los monseñores chilenos de lo que ocurría o fueron víctimas de un engaño?
La pregunta se antoja más bien retórica, justificada sólo si se quiere acudir al clavo ardiente de la formalidad absoluta. Por supuesto que cualquier persona con un mínimo de información y unas briznas de poder sabía lo que era la limpieza política dictada por Pinochet, y los jerarcas de la Iglesia de Chile contaron con dosis más que sobradas tanto de autoridad como de análisis. De hecho, la verdadera cuestión a plantear en cada caso en el que la jerarquía eclesial sale o salió en defensa de un golpista es en qué medida no son una y otra cosa –monseñores y sátrapas– lo mismo. Sucedió con el régimen del general Franco, se reiteró en el caso de la junta militar argentina y nadó en idénticas cloacas cuando se trataba de la corte político-celestial del pinocho ladrón, mentiroso, asesino y cobarde. Cae por su propio peso que los argumentos del obispado español al meter el aborto en el mismo saco de cualquier otra muerte sufren de cierta desmemoria histórica. Se justifica ésta, claro es, porque conviene disimular cuando alguien indica las flojeras que subyacen a nuestras razones. Pero ese olvido interesado cuenta con antídotos bien eficaces. Sobre todo si quien tira del recuerdo es nada menos que católico practicante y presidente de las Cortes.
Resulta difícil, ya digo, contradecir una verdad tan diáfana. Así que lo mejor es cargar contra quien la pronuncia acusándole de que ignora sus responsabilidades. Pasarían éstas por la amenaza episcopal de excomunión a todos los diputados que apoyasen con su voto la nueva ley del divorcio, incluso si cabe invocar, como ha hecho Bono, el cálculo que predice que, gracias a ella, habrá menos embarazos interrumpidos. Quien peca, peca, aunque sólo sea una vez, sostienen los monseñores. No sé si esa identificación entre el todo y sus partes se aplica también a los casos de abuso de menores con religiosos de protagonistas. Habrá quien diga que no es comparable una cosa y otra, y acertará aunque sea por razones apuestas a las que animan a la condena del aborto. Pero lo que planteó Bono es el episodio de Pinochet, más cercano al asunto de fondo. De tener que hacer caso a los monseñores, sería en realidad idéntico: muerte sin matices. Pero se ve que los asesinos devotos merecen bula. Incluso retroactiva, si hace falta.