MIGUEL DALMAU
Como algunos recuerdan, la semana pasada este diario publicó un reportaje sobre la identidad mallorquina. Partiendo de un debate surgido en Francia, se trataba de adivinar qué eso tan raro de ser mallorquín; es decir, componer un pequeño catálogo de los rasgos, gustos y diferencias insulares. Se da la circunstancia de que entre los entrevistados había un servidor, rodeado de mallorquines más o menos ilustres, así que decidí soltar esas paridas que se le exigen a un catalán gamberro. Dado que mis palabras pudieron inducir a error, voy a añadir un poco de leña al fuego. Yo decía que "un mallorquín es un descendiente de catalanes, que suele ser hincha del Real Madrid". Bastante cierto. Como ocurre con las colonias que desean sacudirse el yugo de la metrópoli, muchos mallorquines con cien apellidos catalanes reniegan de Barcelona –y ya no hablemos del nacionalismo catalán– para mirarse embelesados en la capital de reino. Y qué mejor símbolo de esa pasión que el club castizo de Cristiano Ronaldo. Hasta hace poco Son Moix era el pequeño Bernábeu.
También dije que los mallorquines son "unos vagos emprendedores". En efecto: los emprendedores son media docena, los vagos son el resto. Esta afirmación, que llenaría de vergüenza a cualquier otro pueblo europeo, aquí es motivo de íntimo orgullo, siempre y cuando no provenga como en este caso de un foraster de dudosa reputación. A diferencia del catalán, son contados los isleños que desean vender a su madre para hacer un buen negocio. Pero al final siempre terminan haciéndolo. Entretanto la tarea cívica de un buen mallorquín es aconsejar acerca del negocio de los demás, pero sin gastarse un duro para que salga adelante. También es verdad que el mallorquín "prefiere hablar cien años sobre un problema en lugar de resolverlo". Como en cierto poema de Cavafis, es mejor que no lleguen los bárbaros, porque el hablar de ellos nos mantiene entretenidos indefinidamente. En cuanto al triunfo ajeno hay dos posiciones básicas: el ninguneo basado en que todo ganador –incluido Rafa Nadal– necesita una cura de humildad, o bien el reconocimiento con preservativo. Ejemplo: "Te vi el otro día en la tele, pero no estoy muy de acuerdo con lo que dijiste". Tras el elogio de un mallorquín siempre flota una sombra, un pero, una objeción. Una goma, con perdón, y en ocasiones un puñal.
Dado que los extraños somos a veces la comidilla, los mallorquines se han convertido también en motivo recurrente de nuestras sobremesas. La diferencia reside en el sentido del humor. Mientras yo estoy encantado de que me despellejen vivo, porque nací riéndome de mi sombra en el paritorio, los mallorquines llevan bastante mal –aunque con discreción– ser motivo de broma. De ellos sólo pueden hablar ellos mismos, igual que reírse, entenderse, aceptarse o matarse. Los demás, por lo visto, carecemos de instrumentos y de legitimidad para hacerlo. Curioso pueblo éste. Es discreto, pudoroso, cauto, indolente, tolerante, hospitalario, hermético, hablador, tibio, esquivo, poco hedonista, peligrosamente pacífico, reaccionario… En fin. O al menos así era. Y nadie puede saber si será así por otros muchos años.