GUSTAVO CATALÁN
Sigue coleando el presunto plagio de Camilo José Cela en su novela La Cruz de San Andrés, pero ha habido otros casos: el inglés Ian McEwan fue acusado tras publicar Expiación; José Mª Pérez Álvarez, escritor gallego, denunció hará tres años a Bryce Echenique… El copiar la obra ajena puede y debe evitarse por simple decencia. Sin embargo, y al margen de un perímetro delictivo cuya custodia compete a los jueces, el plagio es consustancial al hecho de escribir. Desde un libro a la página efímera, con referencia a la fuente de inspiración o sin ella y sea de forma consciente o inadvertida, no hay teclado o bolígrafo que se libre ni es, en modo alguno, un desdoro.
Se me ha ocurrido puntualizarlo a propósito de lo anterior, así como de observaciones sobre el estilo literario unas veces o la pertinencia de las citas en otras. Tal comentarista abusa de ellas, aquel otro se parece a tal o a cual... Es cierto, supongo, que las citas, excesivas o inoportunas, pueden lastrar el discurso con un culturalismo innecesario si no pedante (el estilo precisa de análisis más complejo), y que podrían suprimirse cuando no se trate de informar al lector por si éste quisiera verificar su exactitud. Pero, explícitos o no, hay referentes en cuanto se juntan sujeto, verbo y predicado. Igual sucede con el estilo, genios aparte, y pretender otra cosa revela incluso mayor presunción que dárselas de leído.
Cualquier texto viene cargado de aroma: ofensivo cuando es intenso (el plagio descarnado) porque atufa, pero hay otro, embriagador, que surge por destilación de la experiencia lectora del autor. Un aroma a veces tan sutil que incluso el perfumista de Süskind se vería en dificultades para desentrañar. Eso es, más o menos, lo que afirmaba el poeta Wallace Stevens (si omito la autoría podrían acusarme de plagio, así que mejor quedar en pedante): somos incapaces de citar algo que no sean nuestras propias palabras, sin importar quién las escribió antes. Visto así, la imposibilidad de ser original se digiere mejor, y la certeza de que cuanto antecede y seguirá no es sino el eco de otras voces, siendo optimista (porque también puede argüirse que nadie antes fue capaz de semejante bodrio), nos lleva de cabeza a considerar nuestra especie como algo más que una categoría biológica, a sentirnos partícipes del progreso colectivo y, si me apuran, a encontrar asideros para afrontar la muerte.
Porque las palabras quedan; porque cualquiera de nosotros es la suma de todos y porque hay otras herencias que la de un bien inmueble. Quiero suponer que a eso se refería el breve escrito que figuraba en la lápida de un pequeño cementerio, allá por Santander, y que leímos sorprendidos con mi mujer y un entrañable amigo, ya fallecido y también escritor, Tomeu Garcés. "Tus sobrinos: agradecidos por la herencia". Así rezaba el magnífico ejemplo de laconismo polisémico, un estilo que debería crear escuela y sin duda lo hará. Quizá el tío dejó en ellos una impronta, una herencia, sobre la que sólo ironizan quienes no tuvieron la suerte de gozarla y, aunque con la inmobiliaria suceda igual, no es lo mismo. Asunto aparte es que, de poder elegir, decidiera inclinarme por una u otra: herencia cultural o tangible y con garaje.
Pero a lo que iba. Que ser, en cierta medida, cobijo de quienes vivieron antes y de los coetáneos más lúcidos es, a más de un blasón, una responsabilidad compartida y toca a menos cuando las cosas no salen como uno quisiera. Y como otra entre las muchas razones para el plagio evidente es investirse de una autoridad que, como mero albergue de celebridades, nadie te reconoce, pues hete aquí lo que Borges afirmó: cada autor no crea sólo sus sucesores (me temo que con numerosas excepciones entre las que me cuento), sino también sus antecesores y, estos sí, inevitables. Es lo que vengo diciendo desde el principio, por si aún no han caído en ello.
Adviertan que la ciencia avanza de modo parecido, lo cual la entronca felizmente con las humanidades en estos tiempos de saber dividido. También en ella hay plagio hasta la penúltima propuesta y la última, cuando comprobada, se convertirá en nuevo mirador hacia lo desconocido. Pues con la escritura más de lo mismo, y únicamente otra combinatoria conferirá al estilo un aire personal. Con iguales materiales, con igual amalgama aunque en distintas proporciones y con las mismas palabras manoseadas, cada quién se singularizará, aunque sea para peor en comparación con los ancestros borgianos. Es la única innovación posible aunque cueste aceptarlo, pero ya se sabe: cualquier imbécil se ve como el ombligo o se lo mira.
En todo caso, la oportunidad de apropiarse de lo ajeno va a ser hoy el recurso para terminar decentemente un escrito nada lucido, por otra parte, y es que, en mi caso, no hay siquiera herencia de sobrino que agradecer. ¡Hay que ver con los tíos y sus legados! Aunque daría igual, porque al que nace barrigón, inútil que lo fajen (refrán de autor desconocido y, en consecuencia, plagio menor y no denunciable. Espero).