PEDRO VILLALAR
Se acumulan los indicios de que la izquierda abertzale, ese sector social que ha representado en torno al 15% del electorado vasco cercano a ETA, no sabe cómo desmarcarse de la violencia sin infligir un daño definitivo a la imagen y a la historia de la organización terrorista, que, aunque en un cierto momento pudo aspirar al aura del idealismo, fue incapaz de sumarse a la construcción democrática de este país cuando toda la sociedad española se puso a la tarea tras la muerte del dictador. Por el contrario, ETA hizo cuanto pudo por arruinar y amargarnos la travesía hacia la libertad. No se merece, pues, ningún respeto. Ni hay razón alguna para que alguien pueda desearle un "final honroso", después de un recorrido tan detestable de crímenes y chantajes. Lo que pretenden los miembros de la antigua Batasuna, hoy desposeídos de toda posibilidad de reorganizarse sin el previo desmarque de ETA, es imposible: la adscripción a la democracia no admite componendas con ETA. Los terroristas que, antes y después de 1975, han masacrado a las fuerzas vivas de este país y han llenado de temor y de ira a la ciudadanía española, no tienen redención posible. Y así habrán de reconocerlo, en su fuero interno y ante toda la sociedad, quienes al fin se han percatado de que aquel delirio homicida no era más que la cobarde resistencia de una mafia criminal a la extinción, después de haberse negado durante décadas a reconocer su propio anacronismo.