SEBASTIÁ VERD
Hubo una vez una ciudad a la que se la rebautizó como Ciudad Rodríguez. La idea partió de un periodista llamado Matías e, inmediatamente, se propagó como la pólvora. No era para menos. Palma, mientras José María Rodríguez fue regidor y controlaba las obras, se transformó en una ciudad atrincherada. Casi como ahora, pero sin ton ni son: se perforaron calles, plazas y avenidas para construir aparcamientos para coches y se hicieron juegos malabares con el urbanismo. Hasta que el recién elegido presidente territorial del PP cayó en desgracia –Catalina Cirer no le quería–, y fue rescatado por Jaume Matas, a quien no le interesaba tenerlo como enemigo. Le fichó para el Govern. Nada menos que para la conselleria de Interior, desde donde profundizó en su saber como controlador de vidas ajenas y, sobre todo, del partido. Es lo que mejor sabe hacer: mover los hilos según convenga.
Lo hizo con Matas, como lo había hecho antes con el alcalde Fageda. Como hábil maniobrador supo pasar a segundo plano cuando era conveniente para preparar su reentrada por todo lo alto. Salió indemne, al menos hasta ahora, de su relación con quien fuera alcalde de Andratx, Eugenio Hidalgo, con el que mantuvo una estrecha relación política hasta que fue procesado y condenado por corrupto. De sus estrategias y sabiduría, todavía se recuerda su célebre frase de "si hoy es lunes estoy en mi despacho", que es lo que dijo que le había dicho a Hidalgo, sin saber que tenía el teléfono pinchado por orden judicial y que en realidad se citaba con él en el Consolat. Hidalgo está condenado y Matas imputado, pero Rodríguez sigue al pie del cañón.
Todo eso ya es historia. Al parecer, agua pasada, porque dentro del PP no parece que haya nadie que pueda parar al ex concejal y ex conseller. Hace unos días uno podía preguntarse si la nueva dirección del PP era capaz, aunque sólo fuera por conveniencia, de pactar una tregua con el president Antich. Hoy se sabe que de hacerlo tendrá que contar con Rodríguez, como poder que resurge y se aferra al cargo de jefe popular de Palma para poner en vereda al actual grupo municipal y dejar claro que no extenderá ningún cheque en blanco a nadie. No es que Bauzá, Delgado o Font deban contar con el ciudadano Rodríguez si quieren ser candidatos a la presidencia del Govern. Será el propio Rodríguez quien, con permiso de Madrid, dirá si él cuenta con ellos para una eventual candidatura, tanto a Cort como al Consolat.
Tras el escándalo de Andratx, que precipitó la caída de Matas, José María Rodríguez se presenta como renovador del PP. Increíble, pero real. Sus compañeros de partido saben muy bien que nunca cae en el ostracismo, sino que está en continuo movimiento. Se mueve como pez en el agua en las intrigas palaciegas y hasta ahora nadie ha logrado que cayera en la red. Suyos son los votos de la mayoría de militantes de Palma y sin él nada podrá hacer el PP en Balears. El problema es saber si su habilidad con el manejo de los votos le convierte en el político que necesitan los ciudadanos. No los de Ciudad Rodríguez, que ya sabemos que sí, sino el resto de ciudadanos de Palma y de las islas.