EDUARDO JORDÀ
Para mucha gente, hacer concesiones es una cobardía o una debilidad. Pero la vida diaria es imposible sin las concesiones. Hay que ceder el paso en el ascensor, hay que pagar las cuotas de comunidad aunque no las hayamos aprobado, y hay que aceptar el tipo de gobierno que ha sido elegido por la mayoría de la población, aunque no estemos de acuerdo con él. La convivencia doméstica es imposible sin un largo y a menudo extenuante proceso de transacción. Tenemos que acordar qué lado de la cama ocupamos, dónde dejamos las zapatillas o quién hace uso del cuarto de baño. Si queremos convivir con alguien, debemos acostumbrarnos a ceder.
Esto debería ser una verdad universal, pero en España no lo es, tal como demuestra nuestra desdichada historia. Sólo hubo un periodo en que la vida política española se acostumbró a la cesión, y hemos decidido olvidarlo por completo porque lo consideramos inútil y hasta vergonzoso. Ese periodo, la Transición de los años 70, fue posible porque todos los grupos políticos aceptaron que tenían que ceder en algo para llegar a un acuerdo común. Olvidándose del máximo común divisor, intentaron alcanzar el mínimo común múltiplo. Cedieron los comunistas, cedieron los conservadores, cedieron los republicanos, cedieron los socialistas, cedieron los nacionalistas, cedieron los monárquicos (que querían una monarquía con muchas más prerrogativas), y también cedieron los franquistas, aunque sólo fuera con su fúnebre silencio. El caso es que todo el mundo hizo concesiones. ¿Por qué fue posible ese acuerdo? Yo creo que por dos razones. La primera, porque los políticos que protagonizaron la Transición tenían un recuerdo muy vivo de la Guerra Civil y de la posguerra, y sabían hasta qué punto habían sido dañinas las posturas irreconciliables. Y en segundo lugar, porque la clase política conocía de primera mano la enorme grandeza humana de la mayoría de las víctimas de la Guerra Civil. A diferencia de los intelectuales que ahora gritan consignas incendiarias, los que sufrieron las peores consecuencias de la guerra habían aprendido que los extremismos no llevaban a ningún sitio. Por doloroso que fuera, habían decidido olvidar. Los que hemos conocido a algunos supervivientes de la guerra sabemos de qué hablamos. Esas personas que lo habían perdido todo –su familia, su casa, su patrimonio, su dignidad– intuían que todo el mundo, de una forma u otra, había sido culpable de la guerra civil. No querían revanchas, no querían enfrentamientos. Y su espíritu hizo posible la Transición.
El problema del Estatut catalán es que se olvidó de esta máxima que debería ser de sentido común: si quieres alcanzar algo, tienes que ceder en algo. Los políticos nacionalistas catalanes, secundados por algunos periodistas y picapleitos gritones, se pusieron muy chulitos y se propusieron redactar un Estatut que se saltara los principios del consenso. Decidiendo que el PP –igual que la CEDA en el año 34– era un partido fascista, lo mandaron a tomar por saco. Y ahí empezó la cadena de errores que ha llegado hasta el embrollo grotesco del Tribunal Constitucional. Si esos políticos hubieran hecho las cosas bien, el nuevo proyecto de Estatut podría haber servido para refundar España sobre otras bases: la bilateralidad, por ejemplo, y la soberanía nacional catalana. Pero los nacionalistas deberían haber cedido en algo, anunciando, por ejemplo, que renunciaban a cualquier nueva reivindicación soberanista en un plazo, digamos, de 50 años. Y los españoles –todos, en referéndum, tal como exige la Constitución vigente– podrían haber aceptado un Estatut con mayores cotas de autogobierno que el actual. Tanto Cataluña como España habrían cedido en algo para llegar a un acuerdo de mínimos, ese mínimo común múltiplo que alcanzó la Constitución de 1978.
El proceso debería haber sido largo, meditado y discutido. Y en vez de construir la casa por el tejado –la gran especialidad hispánica–, se deberían haber hecho las cosas al revés: promover un gran debate nacional, ofrecer razones, aportar puntos de encuentro y decidir en un referéndum en todo el Estado una reforma de la Constitución y un nuevo Estatut para Cataluña. Yo estoy seguro de que el referéndum se habría aprobado en toda España, siempre que las cosas se hubieran hecho bien. Pero se hizo todo al revés, y así nos va. Qué gran país tenemos.