RUBÉN RIAL
En muchas especies animales, es común que la hembra se coma al macho después de hacer el amor y que conste que si hablo de comer, estoy utilizando el sentido alimenticio de la palabra, espero que me entiendan. Como el macho no siempre está dispuesto a servir de cena, suele adoptar algunos trucos para evitarlo. El primero y más fácil es el de "yo te vi primero". Si el macho consigue ver a la hembra antes de ser visto, puede acercarse por sorpresa e inmovilizarla. Luego consuma la cópula e intenta escapar antes de que ella se sobreponga. La ventaja más obvia para el macho está en que al sobrevivir puede repetir el proceso y, naturalmente, tendrá más hijos, los cuales, habiendo heredado los genes de un padre tan listo, también serán muy listos. El problema es que, paradójicamente, la otra estrategia también da beneficios al macho: se deja comer y gracias a esto los pequeños nacerán mejor provistos de reservas. Vamos, unos bebés preciosos. Como las dos estrategias aumentan la probabilidad de que los hijos sobrevivan, las dos se estabilizan en las poblaciones. Unas veces el macho es la cena y otras sólo el aperitivo. Todo el mundo ha oído hablar de que eso es lo que ocurre en la mantis religiosa, supongo.
Por supuesto, estas cosas ocurren en muchas otras especies, casi siempre en insectos y en arácnidos. Ahora acaba de publicarse un refinamiento de la estrategia en una araña australiana. Le hembra se come (se alimenta) al macho –como en muchos otros casos– pero sólo cuando el macho ha intentado la estrategia del "aquí te pillo, aquí te mato", es decir, entra a saco y se salta los preliminares. Aunque es obvio que el nombre de la estrategia es tremendamente incorrecto; más bien debería ser "aquí te pillo, aquí me matas".
Pero volviendo a lo que decía, se ha comprobado que, si el macho se lo toma con calma y dedica un tiempo a "enamorar" a su pareja, las posibilidades de sobrevivir al amor aumentan. Pero no es fácil: para perdonar la vida de su amante la hembra exige al menos cien minutos de cortejo previo.
Cien minutos… mucho tiempo para la vida de una araña. Mmmmm… incluso mucho para un amante humano: ¿Cuántos atletas hay capaces de invertir más de una hora y media en los preliminares? Más bien parece que para muchos el sobrepasar los quince segundos ya es toda una proeza y está lleno de remedios contra la precocidad excesiva. Me pregunto si la posibilidad de ser devorado por la pareja disminuiría la nefasta precocidad de algún macho y, perdón por la repetición, sigo usando el verbo "devorar" en sentido alimenticio.
Pero no he terminado la historia de la araña australiana. Íba diciendo que los machos lentos, que se lo toman con tranquilidad, se libran de servir de cena. Pero lo más curioso es que, después de una larga y relajada sesión de amor, puede aparecer un segundo novio, el cual, aprovechándose de que la muchacha quedó contenta y de buen humor, puede acercarse a ella y, directamente "besar el santo", escapando luego sin ningún problema.
La primera moraleja de la historia de la araña australiana es la de "muchacho, no te olvides de los preliminares si no quieres despertar las iras de tu novia" pero esto es algo que nos lo dijeron siempre. Lo más llamativo es la segunda moraleja: "muchacha, si acabas de pasarlo muy bien, no creas que todo el monte es orégano". Y conste que ahora, cuando digo "orégano", quiero decir tanto una cosa como la otra.