JORGE MARTÍ
El otro día una amiga comentaba en una comida que no le extrañaba nada que los autores de esta nueva moda de la literatura "espiritual" hayan nacido en Brasil o Argentina (Paulo Coelho o Jorge Bucay, por ejemplo), países donde hay unas desigualdades sociales tan abrumadoras. Los muy pobres y los muy ricos, según ella, no necesitan guías espirituales, pues unos están tan a gusto con su opulencia y los otros sólo tienen tiempo de pensar en qué comerán de aquí a unas horas. Son las clases medias de estos países quienes, abrumados por su sentimiento de culpa (sobrevivir con cierta dignidad en un país donde tantos malviven en chabolas), necesitan nuevos guías espirituales que les calmen la mala conciencia por haberse salvado de la pobreza extrema, pero sin los privilegios de la riqueza extrema. La clase media es la mayor consumidora de este tipo de libros cuyo mensaje fundamental consiste en aconsejar vivir el día al día, que cada uno se sienta a gusto consigo mismo, mirarse al espejo y verse estupendos y otros consejos de este o parecido calado filosófico, habituales en los libros de autoayuda, disfrazados o no de espiritualidad.
Vayamos a nuestro continente tan encantado de haberse conocido. A pesar de verse golpeados por la crisis, los ciudadanos europeos se saben por nacimiento salvados de los peores horrores de la pobreza extrema en la que vive la mayoría de nuestros semejantes, algunos en nuestro continente, pero la mayoría fuera de nuestras fronteras. Por otro lado, la mayoría sabemos que tampoco perteneceremos nunca a la minoría de ricos y poderosos que viven más allá del bien y del mal. Dudo que los grandes banqueros pierdan el tiempo leyendo a Paulo Coelho. La clase media, abrumada a impuestos, pero a salvo de la pobreza extrema, sólo tiene dos opciones: tratar de dar el salto hacia las grandes fortunas –de ahí la proliferación de los casos de corrupción, que no suele afectar a los más ricos, sino a los medianos quienes tratan de parecerse a ellos– o asumir la culpabilidad que nunca sienten las grandes fortunas. De ahí la proliferación de ONG. Como las grandes religiones ya no nos consuelan, –las conferencias episcopales que señalan a los herejes con el dedo no ayudan nada–, no es raro que aumenten las ventas de libros que propugnan una nueva espiritualidad individualista y las aportaciones a las asociaciones que ayudan a los países pobres. Aunque esas ayudas sean tan insuficientes como lo es por definición cualquier acto de caridad.
Como a pesar de la crisis, todavía queda en Europa una clase media que puede gastar una parte de su dinero en cosas que no sean de primera necesidad, ha surgido un negocio muy próspero en torno a las nuevas espiritualidades: proliferan los cursos de yoga, las conferencias sobre filosofías orientales, las sesiones de relajación y ayuno en fincas campestres a precio de hotel de lujo, los comercios de objetos hindúes, los "profesionales" de las medicinas alternativas, etc. No es de extrañar su éxito: el mundo es cada vez más difícil, la injusticia nos ahoga y no sabemos qué hacer con ella, pues confiamos menos que nunca en las religiones y en las políticas. ¿Qué quieren? Cada uno sigue adelante como puede.