CAMILO JOSÉ CELA CONDE
El ministerio de Trabajo e Inmigración –nombre que deja un tanto en el aire el sentido de la conjunción copulativa– ha decidido que en el año 2010 los españoles tengamos una fiesta añadida. Diez días en total, con ocho o nueve de ellos propias de todo el territorio nacional y uno o dos más –que el número no queda demasiado claro– para los fastos autonómicos. De hecho, la capacidad de fijar días festivos parece ser, hoy por hoy, la única competencia que logra ejercer con eficacia y sin sustos un ministerio dicho de trabajo, paradoja que retrata muy bien, a mi entender, la relación casi metafísica que existe en el Reino de España entre los despachos oficiales y sus actividades propias. Pero a lo que íbamos. Diez jornadas festivas son un número tirando a modesto para lo que tenemos por costumbre, si bien desmedido desde la óptica de cualquier país calvinista (iba a decir serio). Sobre todo porque, en la práctica, se añaden luego santos locales, festejos dictados por la tradición y el invento ése tan español del puente, un recurso de holganza que lleva a sufrir angustias en la carretera en vez de hacerlo en la oficina. Los españoles estamos muy mal pagados en comparación con los empleos similares dentro de países como puedan ser Alemania, el Reino Unido o Francia. En especial sufren ese agravio comparativo quienes trabajan para el Estado y, por ende, pueden contrastar de manera harto sencilla su nómina con la de sus colegas de más allá de las antiguas fronteras. Médicos, policías y profesores ven cómo el sueldo de sus equivalentes teutones o gabachos dobla o incluso triplica el suyo. Ante una situación así, la única salida que queda es la de compensar los desequilibrios por la vía de la holganza.
Hablemos del profesorado, gremio que conozco bien. El sambenito de los tres meses de vacaciones veraniegas desapareció hace tiempo. La adaptación al Espacio Europeo de Enseñanza Superior (Bolonia, vamos) ha tenido la primera consecuencia inmediata de un aumento considerable de las horas de clase. Pero los sueldos siguen como siempre, si no tienden a estar peor. Así que holgamos o, al menos, podríamos hacerlo aquellos profesores que no estuviésemos infectados por el virus del estajanovismo, ese infusorio fatal que nos lleva a perder domingos y fiestas de guardar en tareas investigadoras sin contrapartida visible alguna.
Pues bien; el año próximo tendremos un día más para dedicarlo al ordenador, herramienta de esclavitud contemporánea. Se diría que, olvidada ya cualquier esperanza de lograr una justicia equitativa al estilo neoliberal –den a cada cuál según lo que produce– debemos contentarnos con la caridad solemne. La que nos hace el ministerio con ese día de fiesta añadido. Lástima que, en nuestra estulticia absoluta, no nos sirva de nada. Con lo que llegamos a la conclusión de que tal vez lo mejor sería que holgasen los ministros –diez no; doscientos días al año– y así, quien sabe, igual hasta se arreglaba España.