EVA ACOSTA
Hace unas semanas nuestros vecinos nos sorprendieron con una encuesta: ¿qué es ser francés? Lo cierto es que siempre han sido muy dados a estas cosas; sin ir más lejos, hace unos siglos levantaron una buena polvareda preguntándose, y preguntando, qué les debía el mundo adelantado a los españoles. Pues bien, volviendo a la encuesta contemporánea, me pareció que no tardaría en franquear los Pirineos. Hasta ahora sólo la había pillado en algún programa donde, en tono de broma, se acudía a los tópicos más rancios para definir la "españolidad". Ya saben: muñequitas vestidas de flamenca para encima del televisor (industria en inminente crisis con las pantallas planas), tortilla de patatas y Manolo el del bombo. Y el acercamiento patrio no me pareció mal; mejor un poco de guasa que una tragedia griega.
Porque, pese a todo, algunos temas siguen siendo delicados. El personal parece muy descreído y no se corta a la hora de chuflearse de los símbolos nacionales, pero no acabo de ver tan claro que actúe con igual desparpajo si se habla de la patria chica. Para prueba, los comentarios de muchos lectores de Diario de Mallorca al artículo que el pasado domingo planteaba la pregunta "¿Qué es ser mallorquín?". La conclusión final del artículo era que es mallorquín todo aquel que ama a Mallorca. Pero si uno tiene el tiempo y las ganas de pasar del periódico en papel al diario virtual, debajo encontrará otras opiniones y advertirá también una clara agitación en fondo y forma, señal de que para muchos lo de "ser de" aquí no es algo anecdótico, tema de charla de café y relleno de la edición dominical.
El refranero castellano, esa fuente de sabiduría a veces viejuna y a veces sorprendentemente rompedora, asegura: "No donde naces, sino donde paces". Es decir: que no se es de un sitio por el mero accidente de haber nacido allí, sino por poder vivir en él; vivir en el sentido más básico de comer, que presupone el trabajar. Claro que todos sabemos que eso no es cierto. Porque si nos vinculáramos de ese modo, habría mucha más emigración y no se daría la creencia general de que el pueblo de cada cual es el ombligo del mundo. Es justo esa impronta sentimental de nacimiento la que desequilibra la balanza.
Para mí la cuestión tiene una respuesta muy difícil; hay tantas formas de ser de un sitio como personas. El peligro radica en obrar por exclusión, decretar un decálogo del buen ciudadano de ese sitio y pretender que todo el mundo marque el paso. Y, lo que es peor: decidir que quien no lo marca es de otra categoría. Hojeando cualquier libro de Historia, se ve que ahí se esconde el germen de no pocas injusticias y de no pocos dramas. Por eso no sé si nuestros vecinos se atreverían a preguntar: ¿Quién es francés? Y es que, más allá del registro civil, el asunto tiene su miga.