JOSÉ CARLOS LLOP
"Mucho metal", dijo el nonagenario Delibes, tras serle otorgada la medalla de oro de Castilla y León y yo me pregunto si hay que esperar noventa años para que la obra de un escritor como Miguel Delibes sea galardonada institucionalmente. Pasarán noventa años más y nadie se acordará de quien fue el presidente de Castilla y León que le impuso esa medalla y, en cambio, la obra de Delibes continuará teniendo lectores, tanto entre los aficionados a la literatura como entre los aficionados a la caza que acostumbran a leer. Resulta curioso: si a cualquiera le dicen que defina o perfile Castilla y León –hablo, por supuesto de los mayores de 45, la mitad de la edad de Delibes– después del Cantar de Mio Cid y la Generación del 98, aparecería, seguro, el nombre de Delibes. Algunos, más puestos, hablarían de la prosa nítida de Rosa Chacel y del espíritu jansenista de Jiménez Lozano, pero Delibes estaría en boca de todos, porque es uno de esos escritores inseparables de su propia tierra. Uno de esos escritores en cuyas páginas se huele el paisaje y las maneras de Castilla. Bueno, pues a los 90 años, medallita al canto. "Mucho metal" ha dicho él y luego le han hecho la foto con el cordón alrededor del cuello. Una forma de obscenidad pública, me parece a mí.
Esto de las medallas institucionales tiene su cosa. Quiero decir que a veces se dan cuando es el homenajeado quien premia, adorna y viste la medalla y no al revés. Obviamente es el caso que comentamos. Deberíamos, por ejemplo, preguntarnos si las autoridades están capacitadas para otorgar medallas a los artistas o es al revés. El prestigio: ¿de dónde parte? ¿Del arte de Delibes o de la Junta de Castilla y León? Como en este caso el origen de ese prestigio es indiscutible, la decisión habrá salido de la misma institución, pero en otros casos –pongamos que hablo también, aunque no lo haga, de los premios Ramón Llull del Govern Balear y otros– la decisión suele surgir de una serie de personas a las que se consulta. Esas personas no tienen porque saber de todo y están, muchas veces, unidas a un medio de prensa, asociaciones diversas, uno ú otro partido, gremios profesionales o grupos con voluntad de poder, por ridículo que sea ese poder. Por supuesto se tildan a sí mismos de profesionales independientes.
Estos profesionales independientes, además de pagar sus cuotas a quienes se las deban, suelen dejarse llevar por sus filias y sus fobias y así las nóminas de premiados resultan de lo más curioso. Tanto que a menudo se podría asegurar –con poco riesgo de equivocación– quién está detrás de cada premiado y el por qué de algunas ausencias. Que los premiados configuran un mapa de la sociedad que los premia a través de sus instituciones –ésa al menos es la teoría– parece innegable. Que a veces se galardona a alguien para compensar el galardón de otros, también. Que los hay que lo piden para sí mismos, resulta, por indecoroso que parezca, más frecuente de lo que creemos. Y que en ocasiones se buscan galardonados bajo las piedras porque no se tienen suficientes, pues igual. La gloria, vamos.
No es el caso de Delibes pues ya hemos dicho que es él quien está delante, detrás y en medio de esa medalla y de lo que haga falta. Y lo digo sin ser fan. Lo está con su obra y con su vida, la de un hombre que no parece haber perseguido nunca medalla alguna. "Mucho metal", dicen que dijo. Pues eso. Hace unos días se quejaba en su columna Elena Vallés del esquinazo barcelonés hacia la obra poética completa de Blai Bonet –pendiente de publicación desde hace años– y lo contrastaba con las diversas publicaciones porcelianas aparecidas tras la muerte del escritor andritxol. Dejando de lado que las obras completas son como un mausoleo que queda estupendo en la biblioteca, pero que apenas se lee luego, pienso que incluso después de la muerte sigue funcionando la clase de escritor que se era en vida. Al menos durante un tiempo. Centrípeto, uniforme y concéntrico en el caso del poeta Blai Bonet. Centrífugo, multiforme y excéntrico en el del novelista Baltasar Porcel (aunque como carácter, el excéntrico era B.B. y el poseedor de un aplastante sentido común B.P.). Más allá de las instituciones, Bonet: un raro a pulso y catalogado como tal. Por encima de todas ellas –privadas y públicas–, Porcel: alguien que no dejaba indiferente al poder, ni le interesaba hacerlo. Tiene, pues, su lógica, el destino momentáneo de la obra de uno y otro. Al margen de su calidad, quiero decir, indiscutible en ambos, si se separa el grano de la paja, que de todo hay en los escritores tan prolíficos.
En fin, que mucho metal. O no. That?s life!