SEBASTIÁ VERD
La Biblia cuenta como Esaú vendió a Jacob su primogenitura por un plano de lentejas. Algo parecido ha sucedió en Mallorca con quienes vieron en el negocio inmobiliario una ocasión única para enriquecerse. Hasta que vino la crisis y la burbuja estalló. Llegó el crujir de dientes, pero también, con el paso de los meses, la reactivación. Dicen los agentes inmobiliarios que la venta de segundas residencias en la costa y, en general, de alto standing vuelve a reactivarse. El negocio continúa, pero… cosas del destino… la mayoría de casas que podían venderse a extranjeros –los principales compradores– ya no está en manos de mallorquines. En la década de los ochenta se vendió todo lo que se pudo a los británicos y, después, ya en los noventa y principios de siglo, los alemanes se hicieron con el resto. La sociedad mallorquina se comió las lentejas, pero ha quedado sin patrimonio.
La situación descrita no puede generalizarse, evidentemente, pero sí responde al mercado, a la descripción que hacen los agentes inmobiliarios mallorquines que han sido los primeros en sufrir las consecuencias de este panorama. La venta de casas unifamiliares en la costa ha pasado a ser un negocio exclusivo de extranjeros, de manera que incluso las propias agencias lo son. Basta consultar las secciones inmobiliarias de los periódicos para entender de lo que estamos hablando. Empresas y particulares deben pagar impuestos por las transacciones, pero los beneficios principales se escapan de la isla. Aquellos días en que era normal escuchar conversaciones en la que alguien comunicaba la venta de algo a un alemán se han terminado. Ahora los alemanes compran a otro alemán o a un británico que ha visto como su moneda, la libra, se ha ido devaluando respecto al euro. No se fían de los mallorquines.
Eso en lo que respecta a las operaciones inmobiliarias de alto nivel cercanas al litoral, pero el declive del patrimonio mallorquín todavía no ha tocado fondo. El fenómeno de venta a extranjeros se inició en la costa, pero hace ya tiempo que se está transfiriendo al interior, a los centros históricos de Palma y de muchas otras ciudades y villas, sin caer en la cuenta de que estas transmisiones de patrimonio tienen consecuencias que afectan no solo a los propietarios, es decir a los compradores y vendedores, sino al resto de la sociedad. Un ejemplo lo tenemos en el cierre de caminos o vallados en algunos puntos de la costa que, de hecho, los convierten en inaccesibles, aunque algunos sucesos recientes demuestren que quienes impiden el paso no son solo extranjeros. ¿Habrá cundido el contagio?
Lo indiscutible, en cualquier caso, es que uno de los más florecientes negocios de nuestro pasado más inmediato, ha pasado a ser gestionado desde más allá de nuestras costas. Otros mallorquines, que hablan inglés o alemán –y últimamente alguna de las lenguas escandinavas– han reemplazado a la población autóctona. Son inmigrantes, como los otros recién llegados, pero de alto nivel, a los que la crisis afecta poco y que han podido seguir comprando. Para ellos es el patrimonio, una parte importante del patrimonio inmobiliario que se nos ha ido de las manos y sobre el que los otros seguirán haciendo negocio. Así es el mercado o así es cómo lo ha interpretado la sociedad mallorquina.