DANIEL CAPÓ
Hace unos meses asistí a una especie de misa juvenil en un pueblo del levante de la isla. Era la primera comunión de unos diez o quince niños que no demostraban el más mínimo interés por la ceremonia. El sacerdote los interpelaba a menudo, exigiéndole silencio. Un enjambre de fotógrafos revoloteaba alrededor del altar. Una banda de rock interpretaba canciones de los Beatles y de películas de Walt Disney. Poco antes de la consagración, los niños subieron al altar y, colocados en círculo, empezaron a aplaudir, mientras el batería marcaba un redoble. No entendí muy bien la letra de la canción, pero hablaba de pau y de germanor. Lo habitual, vamos. Cuando llegó el padrenuestro, sólo unos pocos hicieron como que rezaban, quizás porque ni siquiera se lo sabían. Al salir, me pregunté si era esto lo que deseaba el Vaticano II. Quiero decir que si abrirse al mundo significa embrutecer la liturgia, rechazar la belleza o, simplemente, ir dejando disolver la identidad cristiana en ese magma de sensiblería barata. Conozco la respuesta y sé que no era esa la intención de los padres conciliares. Pero no deja de sorprenderme el modo en que la Iglesia se desprestigia día a día: con una liturgia que se cierra a la belleza, con las declaraciones altisonantes de los Martínez Camino y con la pérdida de la memoria en beneficio de la sentimentalidad vacía de unas cuantas palabras.
Hablo de la memoria porque la Iglesia es fundamentalmente memoria. Memoria de una esperanza, se entiende. Chesterton decía que al bautizarse adquirió miles de años de antigüedad y el poeta Milosz sostuvo algo mucho más hermoso cuando en un verso escribió que "los cristianos son los judíos del Nuevo Testamento." El pueblo judío como el pueblo de la memoria y del recuerdo –ese requisito previo de la justicia–, que se actualiza en el cristianismo. De esa intersección, que es también el encuentro entre Grecia y Jerusalén, surge Europa como civilización.
Quizás se pudiera decir que el desprestigio del cristianismo es también la consecuencia del auto-odio de Europa. En cierto modo es así, pero no es sólo eso. Pienso en aquella misa rockera y pienso en la belleza que se ha perdido y pienso en esos niños que comulgan por vez primera sin conocer el padrenuestro y caigo en la cuenta de que renunciar a la belleza y a la memoria es renunciar al espacio de la civilización, al lugar que nos humaniza. Sin el amor a la belleza –como correlato de lo mejor del hombre– y sin la memoria que actualiza la esperanza de la justicia, la humanidad se angosta, se limita. Y como si fuera un juego de espejos, asistimos al reflejo de un espectáculo que no llega a significar nada porque sólo oculta un vacío conceptual. Al fin y al cabo, queda el desprecio y el sabor a hiel de un mundo que se adora a sí mismo en lo que de vulgar tiene: el elogio de la fealdad, la entronización de la voluntad de poder, la amnesia planificada de los vendedores de humo.