PEDRO VILLALAR
El constitucionalista Francesc de Carreras publicaba ayer en la prensa catalana un magnífico artículo sobre las "líneas rojas" que la democracia no debe traspasar si no se quiere entrar en una decadencia de resultado imprevisible. Y el propio articulista señalaba que "el malestar de la democracia española" comenzó a mediados de los noventa cuando Aznar "repetía sin cesar, desde la oposición, el mantra del "váyase señor González", acusándole personalmente de corrupción, en lugar de pedir con naturalidad su dimisión por una mala labor de gobierno. Se comenzaba a sustituir el debate político por el debate penal…". Y, simétricamente, "el PSOE comenzó a identificar al PP con un doberman –un perro asesino, por lo menos en el imaginario popular– y a tratar a los populares como franquistas". Así comenzó el guerracivilismo que vivimos hoy día, que asoma con frecuencia al escenario parlamentario y que, en ocasiones, alcanza alguna cumbre lamentable, como la reciente expansión de Camps en que el presidente valenciano atribuyó a sus adversarios la intención de exterminarlo físicamente. Deberíamos plantear entre todos la conveniencia de detener esta deriva, que todavía no ha degradado la democracia pero que la está corroyendo peligrosamente. Y hemos de hacerlo antes de que sea demasiado tarde y la libertad se nos escape una vez más por el sumidero de la historia.