MIGUEL DALMAU
Para las personas que llevamos una vida convencional nada resulta tan atractivo como una existencia aventurera. Si no fuera por esa rara fascinación la gente no leería novelas ni acudiría al cine. Las servidumbres cotidianas del trabajo, el cuidado de los hijos, la observancia de las normas sociales nos ocupan la mayor parte de nuestro tiempo. Y con ellas se nos va también la gran posibilidad de vivir algo fuera de lo común. Es más, la mayoría de vicios burgueses nacen precisamente de esa carencia y de la necesidad de llevar, aunque sea en las cavernas del sexo, una excitante doble vida. Viene esto a cuento porque ando leyendo un libro que me ha dado bastante que pensar. Me refiero a Comandante Durán, de Javier Juárez, que narra con maestría la apasionante historia de un individuo que se salió por todas las costuras. Gustavo Durán.
Es curioso que uno de los personajes más fascinantes del siglo XX español sea casi un perfecto desconocido. Sin embargo el tipo daría para una gran novela o una gran película. De momento ha dado para esta interesantísima biografía. Hijo de un militar aragonés, Gustavo Durán nació en Barcelona en 1906. Al poco tiempo su familia se trasladó a Madrid, donde el niño destacó pronto por sus dotes musicales. Para cuando ingresó en la Residencia de Estudiantes, era un joven seductor de gran belleza, que musicó los poemas de Alberti. Dicen que llegó a ser amante de García Lorca, pero pronto marchó a París donde trabó amistad con Anais Nin y Hemingway. Este joven estaba, pues, destinado a ser un cortesano de lujo. Pero le sorprendió la guerra y combatió con los republicanos. Dotado de una increíble facilidad de mando, llegó a ser un general legendario que inspiró a personajes de Hemingway o Malraux. Sólo tenía treinta años. Ya en el exilio de Londres, se casó con una rica americana y escapó a los Estados Unidos. En los años sucesivos, fue cazador de nazis en Cuba, secretario de la embajada americana en Argentina, luego víctima del maccarthysmo, enemigo público del franquismo, y funcionario de alto rango en las Naciones Unidas. Aún hoy existen dudas de si fue un espía al servicio de los rusos o de los norteamericanos. Qué importa. Refugiado en Grecia, acabó sus días traduciendo a Kavafis y llevando el progreso –agua corriente y luz eléctrica– a un pueblecito perdido de las montañas de Creta. El día de su entierro, en marzo de 1969 docenas de campesinos prehistóricos sepultaron su tumba con docenas de flores.
Decía Alberti que Gustavo Durán tuvo una vida "triste, bella, dramática y extraña". Cuando pienso en mi vida y en la de las personas que conozco puedo reconocer destellos así. Pero a día de hoy todavía nadie ha podido presentarme –y sobre todo presentarse– unas credenciales semejantes. Mi único consuelo es pensar que la culpa la tiene la época. Vivimos en un mundo tan prefabricado que la posibilidad de llevar una existencia verdaderamente libre despierta todas las sospechas. Supongo que será por eso, ¿no?