EDITORIAL
El Mallorca no podía empezar mejor la liga de lo que lo está haciendo. Con diecisiete puntos en diez jornadas, sexto en la clasificación y habiendo eliminado al Valladolid en la Copa del Rey, no parece que vaya a pasar apuros para mantener la categoría sino todo lo contrario: que es capaz de luchar por los puestos europeos y alimentar así el orgullo mallorquinista. Sin embargo, con la supervivencia bien encaminada en el césped, lo que no está tan claro es que el Mallorca, como entidad deportiva, no se vea forzado a tirar la toalla y, al final, acabe por hundirse en las categorías inferiores o desaparezca. La última desventura, la de los Martí Mingarro, ha acabado pronto y de la peor manera posible, tras haber abordado el club como si fuese un pesquero en aguas somalíes. La familia de los Mingarro se presentó como la salvación del Mallorca y alguien les creyó. Dos meses más tarde, Mateu Alemany recupera la propiedad y tanto él como Tomeu Vidal –el presidente y abogado que medió con los Mingarro– les han denunciado por haber presuntamente desvalijado la caja.
Según la denuncia, la ex propiedad no sólo no inyectó el dinero prometido a la entidad, sino que transfirió cuentas de ésta a la empresa Safín, que centraliza todos sus negocios. Tanto es así que el medio millón recibido por Alemany como prenda por la adquisición del club habría procedido de éste y no del bolsillo del comprador. Y, por si fuera poco, los comprobantes de la tarjeta de crédito de quien fuera consejero delegado, Javier Martí Asensio, denotarían un uso excesivo en viajes, restaurantes y otros gastos suntuosos, muchos de los cuales no tendrían ni siquiera ninguna relación con el Mallorca. Sobre todos estos tejemanejes, el abogado Vidal, que sigue como presidente, ha querido patentizar que la gestión del club en estos dos últimos meses ha estado exclusivamente a cargo del consejero delegado y que su papel ahora es ayudar el actual dueño, es decir a Mateu Alemany, a esclarecer todo lo ocurrido.
Está claro que Mateu Alemany se equivocó al vender el club a Martí Mingarro, tras haber descartado a otro empresario madrileño por considerar que quería especular con el club y, sobre todo, a un grupo mallorquín que encabezaba Serra Ferrer. Está comprobado que a veces los árboles no dejan ver el bosque y que el Mallorca –que ya sufrió la fantasmada de Davidson y la no menos desacertada gestión de Grande– está poseído por un mal fario, del que va a costarle mucho librarse. Alemany aparece ahora, de nuevo, como el salvador, pero la entidad está peor que antes de su última venta. Lo tendrá muy difícil. Se ha comprometido a no negociar ninguna otra salida hasta finalizar esta temporada, con la esperanza de que los éxitos deportivos ayuden a solucionar los problemas financieros.
Pero, ¿y después? Suponiendo que haya lugar al después, el Mallorca tiene una dificilísima salida si quiere mantenerse en la élite del fútbol. Debe encontrar una estabilidad institucional que sólo conseguirá con una propiedad que ponga su acento en el mallorquinismo y que piense en el Mallorca como la entidad más representativa, al menos en número de socios, de la isla. Visto lo visto, salvo honrosas excepciones, quiénes están dispuestos a invertir en un club de fútbol o es para hacer negocio, especulando, o para ganar presencia social. Y ninguna de las dos cosas sirve para un club como el Mallorca, que por su afición, y por su nombre, merece mejores gestores que los que ha tenido.