El presidente del FC Barcelona, Joan Laporta, se ha prestado gustoso a participar en la pintoresca maniobra encaminada a defender la idea de que el "caso Pretoria", en el que han sido detenidos, además de relevantes cargos municipales del PSC, dos destacados miembros del establishment pujolista, Macià Alavedra y Lluis Prenafeta, sorprendidos in fraganti en su conocido papel de conseguidores y comisionistas, es una "humillación para Cataluña". La estupidez humana no conoce límites, y en ciertos parajes nacionalistas radicales suelen ser muy evidentes tales desviaciones. Porque, a buen seguro, gran parte de la opinión pública catalana se habrá sentido humillada por el "caso Pretoria", pero no por la actuación de los fiscales y los jueces sino por haber constatado que bajo las alfombras de aquel victimismo reconcentrado del nacionalismo identitario pululaba impúdicamente la hidra de la corrupción. En otras palabras, la humillación consiste en comprobar que encumbrados políticos se aprovecharon de la confianza ciudadana para adueñarse presuntamente del dinero de todos.