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Fragmentos del muro

 
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J. VIDAL VALICOURT Siempre me ha impresionado la imagen de aquel soldado berlinés que, justo unos minutos antes de completar la erección del muro, empieza a correr –un auténtico sprint a contrarreloj– en dirección a Berlín Oeste, dejando atrás todo un sistema, el comunista, que ya sabemos en qué acabó. Tuvo un instante de lucidez y se dijo: ahora o nunca. No sé qué tipo de vida habrá llevado este soldado, tampoco sé si ha sido feliz durante estos años. Pero lo cierto es que actuó con rapidez y reflejos. Se subió a una camioneta que por allí circulaba y dijo adiós a todo eso. Si te he visto, no me acuerdo. Con el tiempo, los que se quedaron en la zona oriental, curiosa y sarcásticamente denominada República Democrática Alemana, no sólo sufrieron el control de la Stasi, sino que tuvieron que hacer frente a su propia policía interior, esa especie de Stasi interna que fue creciéndoles dentro y que adquirió las formas de la autocensura y la necesidad mental y emocional de tener un muro. Vivir con un muro durante más de 30 años puede llegar a ser hasta cómodo. Uno se habitúa a todo, incluso a que un muro cruce tu sala de estar, invada tu dormitorio y parta en dos tu exiguo cuarto de baño. Con callar es suficiente.
Sin embargo, la ausencia repentina del muro produjo nostálgicos de aquel sistema gris y controlador. Ostalgies, les llaman en Alemania. Es decir, que preferían la seguridad que les proporcionaba ese exceso de control antes que la vertiginosa libertad que se les avecinaba, que consideraban como una catástrofe. La triste rutina antes que la excitación que proporcionaban las nuevas perspectivas. Esto es lo que logran este tipo de regímenes: instaurar el miedo en los cuerpos y, a partir de ello, cualquier clase de control será mucho más sencilla. Muchos intentaron huir y perecieron en el intento. Hubo globos que se estrellaron y surfistas que pretendieron penetrar, haciendo un espectacular looping, por Holanda. Había que superar ese muro como fuese. Honecker y compañía, en su delirante versión del paraíso, creían que los occidentales llegarían a la conclusión de que el capitalismo es sinónimo de infierno y, por tanto, emigrarían de forma masiva hacia el edén comunista. Sin duda, es enternecedor y lo digo sin asomo de sarcasmo. Esa gente creía a pies juntillas que el edén estaba de su parte y en su zona. Desde luego, no hubo ni una baja en el bando occidental, y no sabían cómo demonios tapar los agujeros y grietas de esa barrera de cemento de 155 kilómetros de longitud.

Pongámonos realistas, que no pesimistas. No existen los paraísos. Sólo hay infiernos más tolerables que otros. Más aún: si hay paraíso, éste es una pradera o una dehesa extremeña sin seres humanos, con fuentes y buena temperatura. No digo más. Mientras haya sistemas políticos no habrá paraíso. Eso está claro. Sin embargo, hay que comprender a los nostálgicos de las cadenas. Las cadenas, de algún modo, te ofrecen seguridad. Una seguridad humillante, pero seguridad al fin y al cabo. Y eso es peligroso. Y humano, muy humano. Imagínense, para personas de cierta edad, pasar de vivir con lo justo y no sé si necesario, a recibir un alud de estímulos, un sinfín de propuestas, una multitud de marcas para unos zapatos. Del viejo y mítico Trabant –el utilitario base de la RDA– a ocho modelos de BMW y otros tantos de Mercedes, Audi y Opel. Un agobio. Hace 20 años de todo eso, pero aún persisten fragmentos de ese muro atravesados en la masa cerebral de muchos. Piensan que, por lo menos, un muro es algo sólido a lo que agarrarse. No soportan la fluidez de los acontecimientos y prefieren vivir enquistados. Jodidos, pero seguros. En fin.

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