JORGE MARTÍ
Una de las cosas que más sorprende en nuestras sociedades mediterráneas, si las comparamos con espacios sociales del resto de Europa, no es que los casos de corrupción política sean más numerosos o que esta corrupción esté más o menos extendida en otros ámbitos de la vida –yo creo que lo están, y mucho, pero sólo se trata de mi apreciación personal del asunto. En otros países, pongamos centroeuropeos o nórdicos, también hay corrupción, porque donde hay dinero hay quien pretende apropiarse de él por medios ilegítimos, sobre todo si esa persona tiene poder político y nadie le frena. Es muy probable que en corruptelas y picarescas les ganemos, pero, repito, no es esa la cuestión más sorprendente. Lo que de verdad nos tendría que preocupar es que nuestras sociedades, a pesar de mostrarse tan alarmadas cuando los casos de corrupción política salen a la luz, no castigan a los políticos corruptos. Al menos hasta ahora.
No importa irse a Italia y sorprenderse de las reiteradas victorias electorales de Berlusconi, más popular cuanto más chulesca es su intención de controlar a la justicia y a la prensa, los únicos poderes que aún siguen poniendo sobre la mesa sus corrupciones y sus vinculaciones con la mafia. Basta mirar más cerca, hacia la Valencia de Camps, la comunidad de Madrid de Esperanza Aguirre, la Catalunya musical de Millet y financiera Alavedra, que tanto han hecho por CiU, o la Santa Coloma de Gramanet, sin un solo metro cuadrado por edificar, en manos del PSC desde hace décadas. En ninguno de estos lugares parece mermar ni un punto la intención de voto de estos partidos. Y todo ello a pesar de los bochornosos espectáculos que han dado en materia de corrupción, ellos o personas cercanas a su gestión.
Una interpretación optimista del asunto nos podría llevar a afirmar que el electorado mediterráneo, español, italiano, etc. es más inteligente que el del resto de Europa, que separamos a la persona del partido en el que milita, que conocemos el programa electoral de determinados grupos y sabemos distinguirlo del hecho fortuito de que haya individuos impresentables en dichos partidos, que votamos ideas y no personas, etc. Pero no sé si al hablar de corrupción política cabe tanta ingenuidad y tanto optimismo.
Lo que probablemente nos pasa es que casi todos seríamos corruptos si tuviéramos la oportunidad de serlo y lo sabemos. Por eso nos subleva que otros lo sean, es decir, que hayan tenido la oportunidad que nosotros no hemos tenido de forrarse al ocupar sus respectivos cargos, pero al mismo tiempo los miramos con cierta indulgencia. Como no tenemos conciencia de la cosa pública –el sur de Europa se caracteriza por nuestro intratable individualismo, ya saben, ese "ándeme yo caliente y ríase a la gente" que Góngora popularizó en una coplilla– no nos parece, en el fondo, tan grave que ciertos sujetos con poder hayan malgastado los caudales públicos en enriquecerse ellos mismos o a sus amigotes. O al menos no nos parece de tanta gravedad como para variar nuestra intención de voto. En resumidas cuentas, no les castigamos el único día, cada cuatro años, en que tenemos poder para hacerlo, votando a otros o no votando a nadie. Pero no me hagan caso. Ya saben que padezco cierta tendencia al pesimismo.