JOAQUÍN BELLÓN
Los motivos por los que una persona decide afiliarse a un partido político parecen muy variados. Pongamos el ejemplo de la derecha. Vemos que se afilian por tradición familiar (los Costa, los Fabra); por genética (Fraga dijo que llevaba la política en su ADN; se supone que en los cromosomas franquistas); también para hacer carrera (miren que carrerón el del senador Bárcenas); para forrarse (eso dijo el ex ministro Zaplana); los hay sobrevenidos, que se afilian por necesidad cuando ya están encima de la moqueta (de estos existen en todos los partidos); trashumantes, que pasan de un partido a otro con la facilidad con que se hace una transferencia bancaria virtual. Vean sino, de esta última especie, al nuevo hombre de confianza del melifluo Camps, Rafael Blasco, actual consejero de Inmigración que, de militante socialista expulsado en su momento del PSOE, ha acabado de portavoz parlamentario del PP en Valencia. Este hombre nunca ha dejado de ser conseller de alguna cosa con todos los presidentes de la Generalitat. En fin los hay que se afilian hasta por idealismo.
Aunque es de suponer que a todos les une un denominador común, como es la creencia en un determinado proyecto de sociedad, por lo que estamos viendo últimamente, parece que algunos solo creen en sí mismos pasándose el proyecto por el forro de sus carteras.
En los partidos políticos, para representar a la organización, la elección de los mejores del grupo, por mérito y capacidad, debería ser la tónica que dignificara su función y, por extensión, a su militancia. Pero la percepción que se está generalizando entre la población es la de que más bien parecen organizaciones afectadas por un síndrome neurodegenerativo neuronal que las conduce al autismo; amén de que transmiten la sensación de ser un nido de rufianes que enturbian la legitimidad de estos órganos de representación popular y de participación política.
Afortunadamente para la sociedad, la realidad no es la que parece; eso nos dicen, que se trata solo de apariencias y sensaciones; porque son mayoría, eso sí, silenciosa, los que dedican parte de su vida a militar. Deberían de hacerlo, no en el sentido de profesar la milicia de forma obediente y sumisa, sino de forma activa en defensa de sus ideales.
Durante la dictadura y las primeras etapas de la democracia, solo el orgullo de contribuir a conseguir una sociedad más justa e igualitaria, sin esperar prebendas a cambio y asumiendo los riesgos que ello conllevaba, es lo que hizo que la militancia fuese vista dignamente por la sociedad. Y ese ejemplo es el que está sirviendo para que aún sigan existiendo militantes. Es de suponer (un rasgo de optimismo) que los ideales todavía son los que siguen llevando a las personas a pertenecer a un partido político.
Recientemente me invitaron a las fiestas de Balmaseda, una acogedora villa de Vizcaya en la frontera con Castilla. En la casa del pueblo, que todavía existen, compartí con los militantes socialistas la típica "alubiada", con añoranzas ferroviarias, que allí preparan el día de la "pucherada". Los mismos a los que la Nochebuena del año pasado ETA les dejo, como "regalo de navidad", una bomba de cinco kilos en la sede de su partido y que explotó minutos después de haber estado allí todos reunidos. Me admiró la dignidad de los militantes socialistas balmasedanos, ejerciendo de tales, con una naturalidad a prueba de bombas y arriesgando sus vidas por defender la libertad y la democracia.
Habría que preguntarles a los militantes en general qué piensan, y sobre todo qué hacen, cuando ven que sus partidos son noticia por la falta de escrúpulos de algunos de sus conmilitones que utilizan la organización como agencias financieras, denigrando con su conducta los instrumentos básicos de la participación democrática. Ese funcionamiento interno democrático que la Constitución les exige debería practicarse ahora más que nunca.
Los partidos políticos deberían ser en estos momentos hervideros de debates y de análisis de la degeneración progresiva que está sufriendo la democracia, porque estamos asistiendo a un momento histórico cuando una mayoría de la ciudadanía considera a los políticos como un problema, y cuando se está conformando una masa crítica que pide a gritos un regeneración rápida; una terapia que pasa inevitablemente por reformar las normativas básicas que dan dignidad a nuestro modelo de organización política.
Sin pedir la heroicidad de los socialistas de Balmaseda, sí que habría que ejercer la dignidad propia de la militancia.