JOSÉ CARLOS LLOP
Hace veinte años escribí un largo relato que transcurría en la Guinea española. Nuestra literatura es escasa en literatura colonial. Tenía, en ese momento, dos buenas novelas sobre las guerras africanas: Imán y El blocao y otra –mucho más intimista– sobre el Tánger de reminiscencias españolas: La vida perra de Juanita Narboni. Pero apenas nada –o yo, más allá de un libro de un tal José Mas titulado El país de los bubis, no lo conocía– sobre la Guinea española. Mi afición a esa clase de literatura –obviamente británica– más la vida de la abuela de un buen amigo mío en la antigua colonia africana, me hizo escribir aquel relato de pasiones y disidencias en el voluntario exilio guineano. Aquella mujer –una dama barcelonesa, inteligente, divertida y gran aficionada a la ópera– me proporcionó algunos datos imprescindibles de la vida funcionarial, la relación con los nativos y el urbanismo de Santa Isabel y Bata. Aún recuerdo algunas de sus frases, tanto en su casa familiar como en el restaurante marítimo adonde íbamos con su nieto, mi amigo, para charlar de su pasado africano. La sensación que me quedó de aquellos días es que en Guinea se lo habían pasado –tanto ella como su marido– estupendamente. Al cabo de unos años murió, casi centenaria, como centenario ha muerto Francisco Ayala. Y si cito a Ayala es porque tiempo después, un editor me hizo llegar un relato de Ayala que transcurría en la Guinea colonial española. Como es lógico, estaba escrito muchos años antes que el mío y era manifiestamente superior.
Sin embargo nunca he leído nada más de Francisco Ayala. No más allá de algunos artículos suyos en la prensa nacional y de sus declaraciones y entrevistas. En ellas se reflejaba un hombre agradecido con la vida y resistente aún con la mentira. Un hombre –me recordaba a veces– de parecida estirpe que don Julio Caro Baroja. Es decir tan contrario a la estupidez humana como a las falsificaciones de la Historia. Sólo que Ayala no era un misántropo en absoluto –característica propia de los viejos hombres de la casa de Itzea–, sino alguien que parecía haber disfrutado tanto del estudio como de los placeres de la vida. Sin dislates, ni apretando el acelerador. Lo que se llaman pequeños placeres, reducidos ahora –quién pudiera, a su edad– a su dosis cotidiana de whisky, su gusto diario por la miel, y el amor de una mujer mucho más joven. Alemania y América le habían dado el vasto y rico horizonte intelectual y España –desde que volvió del exilio– le había devuelto su casa. Por la paz social de esa casa le escuché decir cosas tan sensatas como sabias, siempre en contra de la falsedad. Los nacionalistas enragés se molestaban con él y lo abuchearon en alguna que otra ocasión. A mí, en cambio, me gustaba lo que decía –lo consideraba necesario y honesto el hacerlo. No así algunas de sus compañías –los del rendez vous y el sarao permanente– de las décadas más recientes. Eso, supongo, contribuyó a que no lo leyera como tal vez debería. Las compañías, a mí, me influyen.
Hace unos días me llamaron para escribir sobre su figura y obra. Acababa de morir. Como el actor López Vázquez y, horas después, el antropólogo Claude Levi-Strauss, también centenario. Decliné la oferta: hacer lo contrario era una impostura: no conocía ni su vida, ni su obra, lo suficiente. Aunque siempre pensé en la sociedad que habríamos podido tener en España, si los hombres como Ayala no hubieran tenido que partir al exilio y Ayala era el ejemplo. Por eso tampoco quería callar su presencia, tan constante en la vida española del último cuarto de siglo y de ahí que ahora aparezca en esta crónica. Con su muerte, como con la de Levi-Strauss –como hace algunos años la de Jünger– muere el siglo XX –que es la casa que nos hizo y no debemos olvidar– y al mismo tiempo mueren varios siglos. Ser longevo es un mérito de la naturaleza, pero no necesariamente un mérito intelectual. Y sin embargo cuando muere un intelectual centenario parece que muere un importante fragmento del pensamiento de una sociedad. Porque es la sociedad entera la que reconoce la longevidad como el mejor valor: primario, instintivo, natural. Todo lo contrario a la elaboración racional del pensamiento que, al final, no sé si pierde de manera irremisible el combate, o sale reforzado. Por el estupor y la reverencia que se tiene ante una vida larga. La misma que en la noche de los tiempos ante el hechicero de la tribu.